lunes, 20 de noviembre de 2017

Apacentando la manada.



Juan Manuel de Prada

20 noviembre 2017


La morralla informativa que rodea el juicio contra los bicharracos de “La manada” vuelve a demostrarnos que nuestra época pone tronos a las causas y cadalsos a las consecuencias; y, no contenta con esta perversión filosófica y moral, saca pecho, la muy hipocritona. Naturalmente, todo el debatito en torno al disputado “consentimiento” de la joven que sufrió al asalto de los bicharracos es (salvo para el tribunal que juzga el caso) por completo inane; pues una joven que hubiese consentido en someterse a tales aberraciones se trataría en realidad de una joven espiritualmente envilecida, anímicamente desahuciada y con el consentimiento por completo viciado.

Aquí nos interesa resaltar otra cuestión. Lo que han hecho esos bicharracos es exactamente lo mismo que hacían, según supimos hace poco, unos futbolistas multimillonarios que contrataban los servicios de un pornógrafo para que les organizase bukakes. Sólo que aquellos futbolistas multimillonarios pagaban al pornógrafo, que a su vez pasaría una propinilla insignificante a la pobre muchacha que se prestaba a la vileza, mientras que los bicharracos de “La manada” no podían permitirse estos dispendios. Pero una mujer, cualquier mujer, que se presta a sufrir tal atropello, con o sin consentimiento, a cambio de dinero o gratis total, está destruida espiritual y anímicamente; y los miserables que se sirven de su debilidad seguirían siendo alimañas, aunque no hubiesen tenido que forzarla para satisfacer sus apetitos.

¿Y por qué proliferan estas alimañas, lo mismo entre los multimillonarios que entre el lumpen? Porque se ha impuesto una ideología monstruosa que afirma que la sexualidad humana es benéfica y, por lo tanto, debe someterse a constantes estímulos. Pero, como nos enseñaba Chesterton, la sexualidad humana es como el agua: benéfica cuando se encauza; destructiva cuando los cauces se desbordan y se rompen los diques. Una sexualidad sometida a constantes estímulos morbosos destruye nuestra humanidad y nos hace esclavos de nuestros instintos, a la vez que convierte a los demás en meros instrumentos para su satisfacción. A ningún hombre sanamente constituido se le ocurre disponer en manada de una mujer y filmar su felonía. Sólo personas desalmadas y con la afectividad destruida conciben tales aberraciones. Aunque, en realidad, no las conciben; se limitan a reproducirlas como simios, después de haberlas contemplado en una pantalla. Porque detrás de estas acciones purulentas se halla siempre el consumo bulímico de pornografía; y también el uso de instrumentos tecnológicos infrahumanos, como las apps de citas que promueven las coyundas más sórdidas y animalescas.

Tales estímulos, a la vez que arrasan la vida moral y afectiva, convierten a hombres y mujeres en pingajos incapaces de mantener relaciones amorosas sanas. Pero también son eficacísimos (y baratísimos) métodos de control social que convienen a los trituradores de almas: son el soma infalible que garantiza la alienación de las masas, son un magnífico aliviadero de frustraciones y un ofuscador de conciencias que animaliza a sus adictos y los incapacita para luchar por una vida digna y enaltecedora. Pero, entre los hipócritas que se rasgan las vestiduras, nadie se atreve a señalar la causa del mal. Y es que todos ellos son lacayos de ideologías que han colaborado en la proliferación de estos monstruos, exaltando el naturalismo instintivo y declarando abolidos los frenos morales, consagrando una sexualidad putrescente desligada de la expresión de los afectos y aplaudiendo la infestación pornográfica que padecemos. Ellos (y ellas) son los auténticos apacentadores de la manada.

sábado, 30 de septiembre de 2017

Cristiano Ronaldo, ¿dónde está la madre de los bebés que compraste?

Cristiano Ronaldo, ¿dónde está la madre de los bebés que compraste? Una crítica marxista y humanista



La prensa del corazón muestra a famosos, a menudo homosexuales ricos, que posan sonrientes con bebés o niños que han comprado mediante la industria del vientre de alquiler. El futbolista Cristiano Ronaldo, el cantante Miguel Bosé y sus dos parejas de gemelos, el actor Javier Cámara con su parejita de gemelos recién adquirida, el presentador Jaime Cantizano, el cantaor Miguel Poveda, los empresarios Kike Sarasola y Carlos Marrero, Elton John, Ricky Martin... son casos de niños comprados con dinero para crecer con padres famosos y sin madre.

Otras veces sí hay madre de adquisición: Robert DeNiro ya tenía cinco hijos cuando con casi 70 años decidió adquirir otra bebé por vientre de alquiler junto con su esposa Grace Hightower. Todos dicen ser muy felices ante la prensa del corazón.

La periodista y activista sueca Kajsa "Ekis" Ekman, colaboradora en The Guardian, es muy crítica con la prostitución y los vientres de alquiler, que considera variantes de una misma explotación de personas vulnerables. Ella se autodeclara marxista aunque cree que contra los vientres de alquiler basta con tener conciencia humanista. Su libro El ser y la mercancía (Ediciones Bellaterra, 2017) analiza los intereses económicos (y anti-persona) que hay en estas industrias.

Recientemente ha señalado el caso de Cristiano Ronaldo en un artículo para ilustrar esta dañina industria. "La lucha contra los vientres de alquiler será la proxima gran batalla feminista: si no la ganamos, nos espera el verdadero Cuento de la Criada", afirma refiriéndose a la popular novela y teleserie sobre un futuro distópico en que hay una casta de mujeres sometidas dedicadas solo a engendrar bebés para la clase dominante. Publicamos a continuación este artículo.


Kajsa Ekis Ekman ha estudiado la industria del vientre de alquiler y la de la prostitución, y denuncia su lógica compartida que explota y anula a la persona

Cristiano Ronaldo, la mujer no es una fábrica
Kajsa Ekis Ekman


Cuando Cristiano Ronaldo confirmó a través de su cuenta Instagram que había sido padre de dos mellizos, recibió más de 8 millones “me gusta”, 290 300 artículos fueron publicados sobre el tema mundialmente, 71 000 de ellos conteniendo la frase “muy feliz”.

Sólo había una cosa que no apareció en ninguna parte: el nombre de la madre. ¿Quién es? ¿Cómo fue su embarazo y cómo se siente tras el parto? ¿Cuántas veces al día piensa en sus hijos que nunca más verá? Ronaldo ni la menciona, y la única cosa que se sabe de ella es que es norteamericana y que recibió 200.000 euros por los bebés.

En el debate sobre la subrogación esto es típico. En los medios de comunicación se habla de subrogación como una manera de tener hijos y no una manera de perderlos, a pesar de ser eso lo que separa la subrogación de toda otra forma de reproducirse.

La perspectiva mediática es generalmente la de los compradores; sus sentimientos, sus deseos (frecuentemente llamados “necesidades”) abundan. Las madres siguen siendo anónimas, como si fueran trabajadoras en una fábrica de bebés. Tan anónimas a veces que ni los hijos llegan a saber quiénes son. Como el hijo anterior del mismo Ronaldo.

Su hermana confiesa en una entrevista que le han ocultado sus orígenes: “nosotros decimos que su madre está de viaje. Él no pide más. Una vez le dijimos que estaba en el cielo”.

Nadie parece alzar la voz para decir lo obvio: esto es un flagrante delito contra los derechos de las mujeres y los niños.

Según el artículo 7 de la Convención sobre los Derechos del Niño, cada niño tiene derecho a sus padres. La maternidad subrogada, sea pagada o altruista, viola este derecho fundamental. En la subrogación los hijos pierden a su madre y las madres pierden a sus hijos. No es añadir, es quitar, y, como esto es una industria (no hay que dejarse engañar por los románticos poemas de mujeres generosas que lo hacen gratis – la subrogación altruista no llega ni al 2% de los casos) las razones son económicas.

Hablemos claramente: la subrogación es una venta de bebés. Los ricos compran, las pobres venden.

No hay nada progresista ni posmoderno de esta práctica: es la misma vieja explotación de la mujer y de los pobres.

Llevo desde 2006 estudiando lo que prefiero llamar vientres de alquiler, he visto crecer esta industria y los escándalos que cada día son más frecuentes.

Como el billonario japonés que llegó a tener 16 niños de diferentes clínicas tailandesas: quiso llegar a 100. ¿Qué iba a hacer un soltero con 100 bebés? Quién sabe.

O como la pareja española que se enfadó tanto cuando sus gemelos no fueron de ambos sexos que no quisieron pagar las facturas del hospital. La madre subrogada en cuestión, Kelly Martínez, cuenta: “habían pagado un extra para tener niño y niña y estaban realmente disgustados”. La estresaron tanto que desarrolló preeclampsia, que puede ser mortal.

No puedo dejar de pensar que esta pareja actuaba más como clientes decepcionados, que como padres. O cuando las mafias asiáticas descubrieron esta lucrativa industria en 2010, y comenzaron a usar la misma estrategia que en la prostitución: raptar a chicas jóvenes, encerrarlas y usar sus cuerpos. ¿Cuántas parejas europeas han tenido hijos de esas clínicas en Camboya o Tailandia que en realidad eran cárceles?

Estos escándalos no son una excepción que desaparecerá con la regulación. Son más bien síntomas de una industria que convierte la mujer en fábrica, los niños en mercancía y el embarazo en servicio.

Son síntomas de un capitalismo sin fronteras – ni geográficas, ni éticas. Se vende hasta la vida misma, y la campaña publicitaria nos dice que se trata de amor y de libertad. Así, se externaliza no solo la producción a países asiáticos, sino también la reproducción.

Ahora toda persona de clase media europea puede tener un bebé sin pasar por la molestia de portarlo o de parir: sólo basta transferir tu material genético y una mexicana o ucraniana se queda embarazada en tu lugar. Ella se arriesga, ella engorda, ella vomita, ella siente contracciones, ella pare y ella se queda con las marcas del embarazo. Hace todo lo que hace una madre – pero sin ni siquiera obtener el título.

Se puede estar en contra de los vientres de alquiler desde muchas perspectivas. Para mi, ser feminista significa que no puedo cerrar los ojos ante los profundos rasgos patriarcales de esta industria, donde la maternidad es algo desechable mientras la paternidad se vuelve sagrada. Los vientres de alquiler ponen en práctica las frases de Apolo en La Orestíada: “no es la madre quien engendra al que llama hijo suyo; no es ella sino la nodriza del germen reciente…”.

La maternidad subrogada explota la madre y luego la niega. Quien habla de subrogación como expresión de autonomía no ha visto los contratos, donde se anula justamente esa autonomía.

¿Quién decide sobre hormonas, tratamientos, abortos, amniocentesis y el derecho de tener sexo o no? Desde que se firma el contrato, los compradores. No la mujer.

Ser marxista, además, me lleva a la conclusión que los vientres de alquiler constituyen el colmo de lo que Georg Lukács llamaba la reificación – la cosificación del ser humano.



Aquí, trabajar no se siente como si uno se vendiera – la madre subrogada literalmente se vende. Ella no es el apéndice de la máquina, ella es la máquina. Ella no vende el fruto de su trabajo, vende su propia carne. La maternidad subrogada provoca un cortocircuito inmediato en la teoría sobre la enajenación. Es como si todo otro ejemplo de enajenación [o alienación] fuera una metáfora y éste fuera el verdadero origen de la palabra.

Pero tal vez basta con ser humanista, basta con adherir a los conceptos fundamentales de derechos humanos. Que un ser humano no debe ser comprado ni vendido. Los bebés tampoco, o quizás especialmente no los bebés. Basta aplicar a la práctica de subrogación las leyes que ya tenemos – cosa que curiosamente no se ha hecho hasta ahora.

La mayoria de países prohiben la venta de personas, sin embargo los filósofos han hecho un buen trabajo convenciendonos que los vientres de alquilér es otra cosa. Pero sí, los últimos años más y más países han optado por prohibir la práctica. India, Tailandia, Camboya y México han legislado contra la industria, y el último país en preparar una prohibición es el mío, Suecia, donde una encuesta oficial establece que la maternidad subrogada constituye un riesgo demasiado alto para mujeres y niños para valer la pena.

Recordamos también que el Parlamento Europeo “condena la práctica de la subrogación, que socava la dignidad humana de la mujer dado que su cuerpo y sus funciones reproductivas son usadas como una mercancía.”

Espero que España siga el mismo camino.

La lucha contra los vientres de alquiler será la próxima gran batalla feminista: si no la ganamos, nos espera el verdadero Cuento de la Criada.


domingo, 20 de agosto de 2017

Tierra conquistada. Juan Manuel de Prada




Tras la masacre perpetrada en la Rambla, todos los botarates con mando en plaza han afirmado muy solemnes que Cataluña seguirá siendo “tierra de acogida”. Pero, ¿a qué acogida se refieren? Cataluña fue, en efecto –como nos recuerda Cervantes–, “albergue de extranjeros”; pero eso ocurría cuando Cataluña cultivaba las virtudes teologales. Hoy Cataluña (con signos más acelerados de pudrición que el resto de España, incluso) se ha quedado sin virtudes teologales y es un páramo donde campa por sus fueros el separatismo, que ha fomentado la inmigración islámica, para poner coto a la procedente de Hispanoamérica (que trae en los labios el maldito idioma español). Resulta, en verdad, llamativo que Cataluña concentre el mayor volumen de población mahometana de todas las regiones españolas; resulta inquietante que una de cada tres mezquitas radicadas en territorio catalán prediquen la doctrina salafista; resulta, en fin, sobrecogedor que en Cataluña se sigan abriendo nuevas mezquitas, pese a las protestas vecinales sistemáticamente silenciadas por los medios de adoctrinamiento de masas.

Convendría saber si esta avalancha ha sido favorecida por los separatistas catalanes. Convendría saber si, en su afán por alcanzar sus aberrantes propósitos políticos, los separatistas han promovido la inmigración de musulmanes, que aprenden más fácilmente catalán y en segunda generación votan entusiásticamente en favor de propuestas independentistas (pues aceleran la extinción de España y la resurrección de Al Andalus). Convendría saber, en fin, el grado de responsabilidad que esta patulea ha tenido en la islamización de Cataluña. Tal vez sea muy difícil establecerlo con completa seguridad; pero de lo que no cabe ninguna duda es de que siempre han mirado con agrado todo lo que ahoga la españolidad en tierras catalanas.

Hace apenas un par de meses, un podemita converso al islam y colaborador de Ada Colau proclamaba con orgullo azufroso desde su vomitorio de Twitter que “la práctica religiosa musulmana en Cataluña es superior a la católica”. Y, en los próximos años, esta tendencia no hará sino agudizarse, pues la población musulmana seguirá creciendo (en volandas de unas elevadas tasas de natalidad y de la lenidad de unos gobernantes que dejan chiquito al conde don Julián). Ni siquiera serán necesarias masacres como la que el otro día se perpetraba en la Rambla de Barcelona. La modernidad se presentó, con su supermercado ideológico, como un sucedáneo religioso que podría sustituir fácilmente un sistema de civilización completo como el que proporcionó el cristianismo. Pero una civilización no se puede sostener sobre un pensamiento antiteológico, sobre paparruchescas invocaciones a la libertad e inanes minutines de silencio. El pensamiento antiteológico no crea una civilización, sino que actúa corrosivamente sobre la civilización preexistente, creando un vacío religioso que inevitablemente es ocupado por otra religión. Y entre todas las formas de pensamiento antiteológico ocupa un lugar preponderante el nacionalismo, que aúna en mezcla aberrante elementos propios del liberalismo y el colectivismo. El nacionalismo ha sido el sucedáneo idolátrico que ha reducido a escombros las auténticas tradiciones catalanas, vendiendo a sus adeptos un sueño de endiosamiento nacional. Pero sobre los escombros de la civilización derruida no se alzara la torre del endiosamiento humano, sino una teología satánica que se impondrá sin dificultad sobre una tierra sin fe, esperanza ni caridad. Sin virtudes teologales no se puede ser “tierra de acogida”, ni albergue de extranjeros. Sólo se puede ser tierra conquistada.

Artículo publicado en ABC el 19 de agosto de 2017.


sábado, 1 de julio de 2017

Claudicación de la cultura Reflexiones en torno a la derogación del Código Civil Argentino

http://sedici.unlp.edu.ar/bitstream/handle/10915/50574/Documento_completo.pdf?sequence=1


Reflexiones sobre la derogación del Código Civil (claudicación de la cultura) 
Por Héctor Negri (*)

I. La claudicación de la cultura El Código Civil que redactara Dalmacio Vélez Sarsfield, que entrara en vigor en 1871 y que ha regido, durante más de un centenar de años la vida cotidiana de la República, ha sido derogado en su totalidad por la ley 26.994. No existe otra obra grandiosa que haya reflejado la presencia de nuestro país en el mundo del derecho. Una genial amalgama de textos históricos y de soluciones prácticas para que la vida civil se desarrollara en justicia y en paz. Este artículo comenta la innecesaria destrucción del último y más grande monumento de la cultura jurídica argentina. En el pasado mes de octubre del año 2014 la ley 26.994 dispuso en su artículo 4: “Deróganse el Código Civil, aprobado por la ley 340 (...)”. El texto continúa con otras referencias, otras sustituciones y otras permanencias: pero quisiera detenerme en esas primeras nueve palabras. Breves, lapidarias, ellas significan la muerte (que en el plano legislativo recibe el nombre de derogación) del último y más grande monumento de la cultura jurídica argentina. El Código Civil que redactara Dalmacio Vélez Sarsfield, que entrara en vigor en 1871 y que ha regido durante más de un centenar de años en nuestra República. No existe otra obra grandiosa que haya reflejado ante el mundo la presencia argentina en el mundo del derecho. Una genial amalgama de textos históricos y de soluciones prácticas para que la vida civil se desarrollara en justicia y en paz. Su muerte merece al menos el duelo que proponen estas pocas reflexiones. He usado deliberadamente para reunirlas la palabra claudicación, porque creo que el sentido que el diccionario de la lengua recoge es el adecuado para designar este momento. Claudicar quiere decir acabar por ceder a una presión o a una tentación. Y efectivamente, la tentación de reformar ha hecho ceder a quienes debían ser responsables de su custodia, como patrimonio de una dimensión irrepetible. Argentina ha perdido un inmenso caudal jurídico, que ya no se podrá dar más. Acaso sólo hayan obrado con precipitación. Acaso desde el vértigo del poder político, no se hayan dado cuenta del efecto que de un modo directo e inmediato la derogación producía.
 La ley humana no es la ley eterna. Es una construcción que resume la obvia fragilidad de lo finito. Pero no es la obra de una voluntad momentánea. En ella se recogen y reflejan años (muchas veces siglos) de esfuerzo cultural por definir la idea de derecho, ese bien común del que debe ser portadora. Por eso, cualquier modificación (más cuando se trata como en este caso de un texto que regula la innumerable variedad de relaciones de la vida civil), debe estar guiada por una especial prudencia. Esta es una enseñanza recuperada en la historia. Lo que subsiste en el tiempo ofrece al hombre seguridad, es decir, alienta uno de los fines valiosos de lo jurídico. Un derecho apenas recién formulado no es todavía derecho. Es una incógnita abierta a interpretaciones diversas. Sólo lo que se ha consolidado a lo largo de generaciones se vive realmente como su expresión válida. Los jurisconsultos romanos lo desarrollaron partiendo de los modestos contenidos de las XII Tablas, procurando en todo momento enlazar las nuevas ideas con las formas antiguas. El viejo jus civile de las leyes, el jus honorarium de los pretores y la obra de una ciencia evolucionada, adecuada a sociedades más complejas, quedaron entre sí ligadas cuidadosamente, constituyendo la unidad del jus, que hizo de Roma paradigma de la cultura del derecho. Una reforma no puede ser nunca catastrófica. Cada destrucción es una impiedad, acaso explicable, pero nunca justificable. La Escuela Histórica tuvo razón en este punto. Esa permanencia de las normas que es en rigor la prevalencia de un orden de respeto que se modaliza empíricamente en ellas, está íntimamente vinculada a la contradicción con toda arbitrariedad. En una existencia que es esencialmente insegura como la del hombre, la previsión jurídica se muestra en la estabilidad de sus disposiciones como un auspicioso remanso. Lo que está fijado jurídicamente está fuera del alcance de decisiones circunstanciales y de caprichos momentáneos. Se puede obrar conforme a derecho contando con él como una dimensión ya cierta. El ser humano tiene la posibilidad de organizar aspectos importantes de su propia vida con la confianza que significa el hacerlo bajo la protección de normas que se saben estables. La ley ata no sólo a los particulares sino al mismo legislador que la ha dictado. El dictado de una ley es, simultáneamente, el anuncio de su permanencia. Ese es, precisamente, el sentido de la promulgación. La tesis que ha vinculado la sociedad política a lo contractual, más allá de su carácter teórico, no ha dejado de señalar la correspondencia entre el contrato y la ley, como expresiones una y otra de una palabra empeñada que debe ser respetada como principio de buena fe.   Una ley, por esa misma gravitación que la historia tiene sobre ella, no significa sólo el desnudo texto de su contenido. Esto es especialmente notable en orden al derogado Código Civil.
 Hay toda una vasta tarea cultural construida en torno suyo. La lectura y aplicación que de su texto hicieron jueces al dictar cada sentencia. El valor del precedente, que asignaron a cada interpretación judicial, reconociendo un sentido normativo válido para ulteriores decisiones. Y que fueron recubriendo al Código con significados que se consolidaron a lo largo del tiempo. La doctrina de los juristas expresada en estudios, en revistas especializadas, comunicaciones en jornadas y congresos, ensayos, enriqueciendo con sus aportes la lectura de su texto. Las clases en la facultad donde se explicaban sus artículos, se reflexionaba acerca de sus fundamentos, contenidos, promoviendo tesis, monografías, discusiones. La sutil pedagogía de las preguntas y respuestas de examen. La aplicación que hicieron de él los particulares, en sus contratos, en sus disposiciones testamentarias y en su comportamiento cotidiano. Esa eficacia que brindan los hechos y que conforman la costumbre jurídica que acompaña y avala la vigencia de la legislación positiva. El derecho comparado que lo aplicó in totum o que lo cotejó tantas veces con experiencias de otras regiones y países y que pudo mostrar desde su texto, el carácter universal que el derecho había recogido. Y la ciencia del derecho que se constituyó sobre la base de todos estos aportes. Libros y tratados sobre la exégesis de cada una de sus disposiciones, la concordancia que revelaba su profunda ilación, o la construcción sistémica en orden a cada una de las instituciones que desde ellos se iba configurando. Ciento cuarenta años de todo este trabajo cultural perdido. O transformado, en el mejor de los casos, en la raíz enterrada de una ley nueva, a la que se le ha dado menos de un año para que pueda estudiársela, aplicarla y reconocerla. Ciento cuarenta años de labor silenciosa y académica perdida. Me acuerdo de Segovia, de Machado, de Llerena, de Salvat, de Lafaille, de Spota, de Busso... y de tantos otros cuya mención ocuparía varias páginas. De esos contenidos plenos de sabiduría que desde el código hoy derogado buscaban hurgar y descubrir las posibilidades que su texto ofrecía. En el eco de las aulas de las facultades resonarán todavía por algún tiempo sus nombres y la perdida voz de los maestros que al citarlos enseñaban con ellos el valor cultural inmenso de la obra codificadora. Cabe todavía una mención a las notas que acompañaron su estructura. Notas que ya no están y que sirvieron puntualmente para explicar el sentido de cada disposición, la fuente que Vélez Sarsfield había tomado para redactarla y sobre todas las cosas el ligamen del código, la amalgama profunda de su texto con el derecho romano, la legislación española, las doctrinas más fecundas. Notas que fueron una de las expresiones más características de su legislación y que en su intensidad y solidez pudieron conformar con su mismo texto un tratado de derecho civil en el que se formaron varias generaciones de juristas. El viejo código perdió el valor actual de sus notas. El nuevo no las tiene. Hacia 1848 un controversial procurador prusiano, Julius Hermann von Kirchmann, intuyó con alegría que bastaban unas pocas palabras del legislador para que bibliotecas enteras de derecho quedaran inútiles. 
Trataba así de mostrar lo endeble del derecho, su sumisión al poder político y la imposibilidad de construir en torno a sus expresiones empíricas una auténtica ciencia. No es el caso encarar ahora una refutación de sus palabras que refieren un tema epistemológico vinculado a la constitución de la ciencia del derecho. Pero sí puede señalarse que acaso en su alegría iconoclasta von Kirchmann no había reparado en el inmenso fracaso que se da cuando una sociedad parece incapacitada para responder a los problemas nuevos con la vieja, profunda y clásica sabiduría de un derecho estabilizado. Que no logra hallar el modelo de una reforma parcial que modificando sólo algunos de sus artículos se incorpore a su contenido, respetando la sustancial unicidad de la obra. Argentina lo pudo varias veces. Guillermo Borda consiguió hacerlo. Hoy la inteligencia no pudo encontrar el camino. Nueve palabras de un legislador voluntarioso derogaron ciento cuarenta años de su cultura jurídica. La abrogación del Código Civil ha significado por ello, simultáneamente, la dilución de toda esa continuidad tan valiosa. El Código Civil argentino ha sido sustituido por uno nuevo que incluye también parte de la legislación comercial. No corresponde hacer una valoración que sería, por lo prematura, en todo sentido provisional. Habrá que esperar otros ciento cuarenta años para ver cómo se entienden sus disposiciones, cómo se las aplica. Alguno dicen que muchos de los artículos nuevos son un calco de los antiguos. El argumento no vale: todos quienes hemos dedicado una parte importante de nuestras vidas al derecho sabemos que la breve variación de una palabra, el corrimiento de una coma, una numeración diversa, alteran el significado de una ley. La reproducción del contenido de artículos del código no salva su eventual supervivencia. Pero hay más aún. Si la nueva legislación ha tratado de mantener espacios profundos de la vieja ¿cuál es su justificación? Derogar para mantener pareciera ser el ejercicio del sinsentido. El argumento me recuerda al maravilloso y terrible cuento de Jorge Luis Borges sobre Pierre Menard, empeñándose en reescribir el Quijote. Evoco uno de sus párrafos finales: “(...) lo singular es la decisión que de ellas derivó Pierre Menard. Resolvió adelantarse a la vanidad que aguarda todas las fatigas del hombre; acometió una empresa complejísima y de antemano fútil. Dedicó sus escrúpulos y vigilias a repetir en un idioma ajeno un libro preexistente” (Borges, 1944: 32). Sí, la vanidad que aguarda: un libro preexistente en un idioma que le es ajeno. En su discurso preliminar del Código Civil de los franceses, Jean Étienne Marie Portalis escribió: “El derecho es la razón universal. La suprema razón fundada en la naturaleza misma de las cosas. Las leyes son o deben ser el derecho reducido a reglas positivas (...)” (Portalis, 1801). Anunciaba de ese modo, a la faz de la tierra, la aparición de uno de los testimonios más notables de la cultura jurídica.
 Y lo hacía ligándolo a extremos inabarcables: la razón universal, la naturaleza de las cosas, la ley portadora del derecho. El Código Civil Argentino no necesitó de un discurso así. Él fue en su contenido, en sus notas, su propio extraordinario discurso. El nuevo código que lo deroga y desplaza se presenta también con palabras preliminares por las que se trata de justificarla necesidad de la derogación con esta reflexión inicial: “Estamos viviendo en el siglo XXI”. Y esta inextricable frase final que desplaza la naturaleza, la razón universal, la ley y ese núcleo profundo del derecho desde el cual siempre se discernió el mal del bien, lo justo de lo injusto, lo lícito de lo ilícito: “Libertad absoluta para todo”. Sí, libertad para todo. Es lamentablemente cierto. Especialmente cuando se vuelve, como en este caso, un doloroso signo de claudicación de la cultura. 

II. Bibliografía 
BORGES, Jorge Luis (1944). Pierre Menard, autor del Quijote, En: Ficciones. Buenos Aires: Emecé Editores. PORTALIS, Jean Étienne Marie (1801). Discurso preliminar al Código Civil francés. KIRCHMANN, Julius Hermann von (1848). La falta de valor de la jurisprudencia como ciencia. Conferencia pronunciada en la Juristische Gesellschaft zu Berlín. 

 (*) Doctor en Derecho y Ciencias Sociales, UBA. Doctor en Ciencias Jurídicas y Sociales, UNLP. Profesor Extraordinario Emérito de la UNLP. Ministro Decano de la Suprema Corte de Justicia de la Provincia de Buenos Aires. 

sábado, 17 de junio de 2017

El latín y los muertos. Juan Manuel De Prada


Puesto que el saber ocupa lugar, la moderna pedagogía ha querido circunscribir su transmisión a aquellos aspectos o facetas que resulten más ‘accesibles’ y garanticen el ‘éxito profesional’. Inevitablemente, todas las disciplinas que explican nuestra genealogía cultural han sido relegadas a los desvanes de la incuria, en favor de disciplinas enfocadas a la consecución de ‘fines prácticos’. Pero desgajar la transmisión del saber del conocimiento de nuestra genealogía cultural nos condena a la intemperie más cruel, que es la de quienes no saben explicarse a sí mismos.

Las lenguas clásicas (que algunos, en el colmo del idiotismo, llaman «lenguas muertas») fueron las primeras damnificadas, por constituir un petulante desafío al utilitarismo y a la pedagogía de la facilidad, tal vez las dos mayores lacras de la educación moderna. No faltaron quienes trataron de defenderlas con argumentos débiles y, a la postre, contraproducentes, alegando que el griego y el latín subsisten en el vocabulario internacional de las ciencias o de los adagios jurídicos. Pero dedicar media docena de años al estudio del latín para luego poder hacer alardes eruditos y soltar en nuestra conversación cuatro latinajos (por lo demás incomprensibles para quien nos escucha) no parecía razón suficiente para defender las lenguas clásicas. Tampoco contribuyeron a la defensa de las lenguas clásicas, por cierto, quienes exaltaron las ventajas intelectuales de los «saberes desinteresados»; pues a una repugnante educación utilitarista no se debe oponer una educación elitista fundada en el mero lujo del saber.

Los pedagogos que erradicaron el latín de la educación sabían, en cambio, perfectamente por qué lo hacían. Y los guiaba el mismo propósito que, unos pocos años antes, guiaba a los innovadores religiosos que lo expulsaron de la liturgia. Unos y otros sabían que el latín modeló nuestro mundo (y, cuando escribo mundo, no me refiero tan sólo al mundo externo, sino también a nuestro mundo interior); y sabían que el mejor modo de aniquilar la pervivencia de ese mundo era desterrar el latín de la iglesia y de la escuela. Suele decirse, con frase un tanto mostrenca, que la cultura europea (y, por lo tanto, toda la mentalidad occidental) es una amalgama de elementos griegos, romanos y cristianos; pero lo cierto es que toda esa amalgama ha sido transmitida y conservada a lo largo de los siglos en latín. Todo lo que nos conforma por dentro, todo nuestro acervo moral e intelectual -nuestra herencia más verdadera e irrenunciable- ha sido formulado en latín. Los signos que componen nuestro alfabeto son latinos, la sintaxis y las relaciones gramaticales que empleamos al hablar son latinas, también las figuras retóricas a las que recurrimos para que nuestras palabras sean más expresivas. Y, en fin, todo nuestro universo espiritual fue formulado en latín, o al menos trasfundido al latín, para que no se perdiera en la noche de los siglos: los géneros literarios y las modalidades artísticas fueron formulados en latín; los conceptos de persona y de familia, de tradición y bien común fueron formulados en latín; las nociones de poder y autoridad, de amor y sabiduría fueron formulados en latín; los planetas y los metales, los vicios y las virtudes, los dogmas y los preceptos, los contratos y los testamentos fueron formulados en latín. Hasta nuestra alegría y nuestro llanto, nuestros piropos y nuestras invectivas fueron formulados en latín; y hoy lloramos y reímos, nos abrazamos y enfadamos porque el latín moldeó nuestras pasiones y sentimientos. El latín es el principio originario y la leche nutricia de todas las realidades divinas y humanas que integran nuestra vida; y, para desintegrar tales realidades, no hubo sino que expulsar el latín de nuestra vida. Es ley biológica infalible que el árbol al que se le cortan las raíces, como el niño lactante al que se aparta del seno materno, empieza por languidecer hasta morir por inanición. Sólo quien sabe de dónde viene puede saber hacia dónde va. Sólo quien está nutrido por el alimento que lo constituye es dueño del tiempo que habita; cuando ese alimento nos es arrebatado, nos convertimos en huérfanos a la intemperie, carne de cañón para las más diversas manipulaciones e ingenierías sociales, seres sin identidad y sin arraigo que navegan sin brújula a la deriva.

Por las venas y arterias de nuestra palabra y nuestro pensamiento discurría la sangre de la lengua latina. Alentaba toda nuestra vida, era propiamente nuestra alma; por lo que nada hay más grotesco que llamarla «lengua muerta». Quienes estamos completamente muertos somos nosotros, por dejar que nos las arrebatasen.

miércoles, 7 de junio de 2017

La lógica del aguante en territorio intelectual

La agresividad de nuestra conversación pública produce heridas y genera muchos silencios

Nicolás José Isola
Viernes 12 de mayo de 2017


El debate social argentino parece ser un tributo al eterno retorno griego. Somos un hámster jugando en esas típicas ruedas metálicas: al final del día estamos casi en el mismo lugar, agotados.

Nuestra conversación pública es verborrágica y encendida, pero no acumula sentidos. A eso se suma que los datos y los hechos demostrables no parecen tener valor persuasivo. El idealismo ficcional se ha adueñado de nuestras conversaciones, y quien dice la verdad casi no dice nada. En ese posfactualismo, lo real aparece licuado bajo una constante interpretación que puede discutirlo y tergiversarlo todo. Se torna fatigoso sobrevivir en ese mundo de Alicia de la posverdad apasionada, donde es posible decir que tenemos menos pobres que Alemania sin que nada pase.


La paz social precisa la correspondencia entre el mundo percibido y lo que el mundo de la vida cotidiana es. La asimetría constante de un surrealismo artificial perturba el psiquismo, que procura cierto orden. Esa falla orográfica intencional entre lo real y lo imaginario ha ido erosionando toda buena intención en el diálogo y logró perforar diferentes ámbitos sociales. Hay un conjunto amplio de actores que permiten, validan e incentivan estas dinámicas que precarizan nuestras argumentaciones. Interesa adentrarnos aquí, especialmente, en dos ámbitos nucleares del campo cultural: los medios de comunicación y el espacio intelectual.



El bajo capital cultural del periodismo, máximo vehiculizador de la discusión pública, estimula un relativismo por momentos perverso, abonado por la ansiedad de tener rating o recibir clics a cualquier costo (incluso el de la subestimación del lector). Con excepciones, al escuchar la radio, ver televisión o leer el diario la sensación integral que queda es de confusión y ruido. Se profundiza una inflación de la palabra: hay mucha en circulante, pero poco vale y poco interesa atesorarla.


Se trata de una suerte de fuerza centrífuga informativa que nos aleja -en ocasiones a propósito- del centro, del espacio complejo, personal e íntimo en el cual podemos arribar a alguna respuesta. Sobreabunda la nada. El bochinche irreflexivo de un pseudoperiodismo degradado es un zapping del sinsentido que deshidrata el lenguaje social: el consumidor bebe y bebe información a borbotones y sigue con sed. La banalización que suele confiscar audiencia no ayuda a centrarse ni a realizar un balance subjetivo, pero madurado. A veces la culpa sí la tiene el chancho. Como nos ven nos tratan. Nos dan de comer porquerías.

Tampoco la buena voluntad tiene prensa. Intratables, el programa político de la televisión abierta con mayor rating que propone la participación de todas las voces, tiene como nombre un adjetivo que hace de la irritabilidad su bandera. Razonable. El nombre tramita en sí la nula intención de llegar a un acuerdo. Los efectos sonoros en off se sobreponen a los participantes gritando. Todas las voces, juntas, es ninguna voz. En esa incapacidad de tratar con el otro se simula una distribución de la palabra que, espiando el pico de rating, sólo propone la intermitencia y la depreciación de cualquier conclusión consensuada. El caos comunicativo garpa. En esa discusión entre sujetos que se jactan de ser intratables, el valor de arribar a una posible conclusión queda rezagado en pos de agraviar desde etiquetas ideológicas.


Twitter, la red social en la que muchos se dedican a aceitar este cinismo, expresa bien este fenómeno. Es el ágora de los manotazos. Allí, puede leerse a menudo a periodistas e investigadores insultarse como si estuvieran en el vestuario de una cancha, solos. Ya no hay pudor alguno en prepotear en público. Esto lo hacen por igual personajes liberales o nacionales y populares. El fanatismo es coparticipable. Sin embargo, cada tanto aparece el milagro de un intercambio constructivo y sereno entre personas que piensan distinto. Un poco de luz en la oscuridad. Un oasis.

En ámbitos en donde debería primar una cierta dosis de respeto, rigurosidad y objetividad, como el campo científico o intelectual, el panorama de bajísimo tenor empírico también se ha tornado habitual. Junto con ello, desde la denominada derecha hasta la denominada izquierda, el diálogo intelectual argentino se ha centrado más en obstruir la palabra del otro que en procurar un universo común que sea habitable. Nada nuevo.

Ante la mínima disidencia, se apela a la polarización. Se le baja el precio al contrario y se milita la peor versión del otro. Ningunear es un oficio respetable. Esa subestimación estructural plantea serias dificultades con la noción de diversidad. Aparece así, una y otra vez en nuestra cultura, una tendencia muy arraigada que apuesta a homogeneizar la palabra y a desatender las razones ajenas (se las aborrece aun antes de oírlas).

El escritor C. S. Lewis decía que la diferencia entre el Bien y el Mal es que el Bien desea: "Que todos sean uno", procurando cierta unidad en la diversidad, mientras que el Mal anhela: "Que todos sean yo", en un monismo personalista asfixiante.

Muy comúnmente, en nuestra conversación pública y política, los argentinos hemos forzado al otro a que sea yo. Lo seguimos haciendo. Esa forma de violencia simbólica en el campo intelectual, sumada a la escasez paulatina de la empatía entre colegas con visiones opuestas, ha lastimado y generado no pocos silencios. Comprensible.

Desde diversos colores ideológicos, existe un panóptico subterráneo muy instalado que precede a la palabra y muerde en los talones al diferente hasta esquinarlo. Se trata de la lógica del aguante en territorio intelectual. El idealismo que vigila y castiga para subordinar lo real operó una presión simbólica descomunal y opera aún en determinados subsuelos del campo universitario e intelectual. Algunos, incluso, se han jactado de ese comportamiento inamovible y conservador (arengan colgados de su paraavalanchas ideológico como los hinchas defienden los trapos). Esa senda antipluralista la transitamos repetidamente: nos lleva siempre cuesta abajo.

En esta aldea agresiva, debe escogerse delicadamente cada una de las palabras que se van a utilizar si no se desea ser tergiversado o rotulado con los motes de turno. Con la empatía en faltante, todo puede ser usado en contra del emisor: cualquier desliz se pagará con un ataque. Hablar es andar en un terreno plagado de minas antipersonales. En fin, en eso está nuestra conversación pública: entre aquella verborragia mediática infecunda y esta rispidez intelectual.

El amplio debate del campo de la cultura precisa dejar el cortoplacismo y ganar espesura. Hemos peleado mucho. Estamos cansados. Precisamos ser maduros y audaces para vigilar un poco más de cerca nuestro mañana. Porque es nuestro. Urge que entre todos y con todos comencemos a trazar otros caminos y modos de diálogo público. Tenemos que hacerlo y no por nuestros hijos: es una cuenta pendiente con nosotros mismos. Para ello, tal vez tengamos que desaprender la virulencia brutal que se nos impregnó en las ropas en estos últimos años.Tenemos que apurarnos antes de que el porvenir se nos escurra.