Convendría saber si esta avalancha ha sido favorecida por los separatistas catalanes. Convendría saber si, en su afán por alcanzar sus aberrantes propósitos políticos, los separatistas han promovido la inmigración de musulmanes, que aprenden más fácilmente catalán y en segunda generación votan entusiásticamente en favor de propuestas independentistas (pues aceleran la extinción de España y la resurrección de Al Andalus). Convendría saber, en fin, el grado de responsabilidad que esta patulea ha tenido en la islamización de Cataluña. Tal vez sea muy difícil establecerlo con completa seguridad; pero de lo que no cabe ninguna duda es de que siempre han mirado con agrado todo lo que ahoga la españolidad en tierras catalanas.
Hace apenas un par de meses, un podemita converso al islam y colaborador de Ada Colau proclamaba con orgullo azufroso desde su vomitorio de Twitter que “la práctica religiosa musulmana en Cataluña es superior a la católica”. Y, en los próximos años, esta tendencia no hará sino agudizarse, pues la población musulmana seguirá creciendo (en volandas de unas elevadas tasas de natalidad y de la lenidad de unos gobernantes que dejan chiquito al conde don Julián). Ni siquiera serán necesarias masacres como la que el otro día se perpetraba en la Rambla de Barcelona. La modernidad se presentó, con su supermercado ideológico, como un sucedáneo religioso que podría sustituir fácilmente un sistema de civilización completo como el que proporcionó el cristianismo. Pero una civilización no se puede sostener sobre un pensamiento antiteológico, sobre paparruchescas invocaciones a la libertad e inanes minutines de silencio. El pensamiento antiteológico no crea una civilización, sino que actúa corrosivamente sobre la civilización preexistente, creando un vacío religioso que inevitablemente es ocupado por otra religión. Y entre todas las formas de pensamiento antiteológico ocupa un lugar preponderante el nacionalismo, que aúna en mezcla aberrante elementos propios del liberalismo y el colectivismo. El nacionalismo ha sido el sucedáneo idolátrico que ha reducido a escombros las auténticas tradiciones catalanas, vendiendo a sus adeptos un sueño de endiosamiento nacional. Pero sobre los escombros de la civilización derruida no se alzara la torre del endiosamiento humano, sino una teología satánica que se impondrá sin dificultad sobre una tierra sin fe, esperanza ni caridad. Sin virtudes teologales no se puede ser “tierra de acogida”, ni albergue de extranjeros. Sólo se puede ser tierra conquistada.
Artículo publicado en ABC el 19 de agosto de 2017.
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