viernes, 7 de junio de 2019
sábado, 1 de junio de 2019
Archipiélago Gulag en Rumania: lo que nunca nadie había contado
Mañana, viernes 31 de mayo, el papa Francisco viajará a Rumania y el domingo 2 de junio, último día de su viaje, presidirá en Blaj la divina liturgia con la beatificación de siete obispos greco-católicos martirizados “en odio a la fe” entre el 1950 y el 1970, bajo el dominio comunista.
Estos siete son sólo algunos de los cristianos de Rumania, obispos, sacerdotes y laicos, que merecen la corona del martirio.
Uno entre muchos es Ioan Ploscaru, obispo, fallecido en 1998 a los 87 años de edad, de los cuales quince pasados en la cárcel en condiciones inhumanas. Confió el relato de su calvario a un libro publicado en Rumania en 1993 y después en Italia en 2013 por las Ediciones Dehoniane de Bolonia, del que se pueden leer amplios pasajes en este enlace:
Y después está también el impresionante testimonio leído el 23 de marzo de 2004 en el Vaticano por Tertulian Ioan Langa, sacerdote greco-católico, que publicamos a continuación.
En 2004, el padre Tertulian tenía 82 años. Falleció en 2013. Su relato es muy detallado y, a la vez, espiritual. Un poco Solzhenitsyn, un poco hechos de los mártires. Entre gracia y misterio de iniquidad, llevado a los límites de lo imaginable. Con la "Santa Providencia" que actúa a través de las manos inconscientes de sus feroces verdugos.
En un momento en que se abusa de la palabra martirio aplicada también a los "shahid" islamistas, que se estallan a sí mismos para causar una masacre, este es un testimonio que ayuda a restablecer la verdad. Y que no hay que perderse en absoluto.
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“PORQUE ES MÁS GRANDE EL CIELO SOBRE NOSOTROS”
por Tertulian Ioan Langa
… Después me trasladaron a la cárcel subterránea de la zona pantanosa de Jilava, a ocho metros bajo tierra. El espacio estaba aprovechado de la manera más científica: dos metros de longitud por veintiocho centímetros de anchura para cada persona tendida en el suelo, de lado. Algunos, más ancianos, estaban tumbados sobre tablas de madera, sin sábanas o mantas. El húmero, la parte externa de la rodilla y del tobillo estaban en contacto con la madera. Nos manteníamos sobre la punta de los huesos, para ocupar un espacio mínimo. Podías apoyar la mano sólo sobre tu cadera o en el hombro de tu vecino. No resistíamos más de media hora en dicha posición; después todos juntos, cuando nos lo ordenaban, puesto que no era posible hacerlo separadamente y uno tras otro, nos dábamos la vuelta hacia el otro lado. La pila de cuerpos apiñados, dispuestos de esta forma, tenía dos niveles, como en una litera. Sin embargo, debajo había un tercer nivel, en el que los detenidos yacían directamente sobre el cemento, en el que se condensaban los vapores de la respiración de setenta hombres junto a las aguas de infiltración y la orina que rebosaba de la letrina, formando una mezcla viscosa en la que nadaban estos desventurados. En el centro de la celda-tumba de Jilava sobresalía un recipiente metálico, de unos setenta-ochenta litros, para la orina y las heces de setenta hombres. No tenía tapa y el olor y el líquido rebosaban abundantemente. Para llegar al recipiente tenías que pasar por el "filtro", es decir, por un control severo aplicado a la piel desnuda, control en el que te examinaban todo el organismo y todos sus orificios.
EL "FILTRO"
Con una varilla de madera nos raspaban la boca, bajo la lengua y las encías, en el caso de que nosotros, bandidos, hubiéramos escondido allí algo. La misma varilla nos perforaba las fosas nasales, las orejas, el ano, debajo de los testículos; era siempre la misma, rigurosamente la misma para todos, como signo de igualitarismo. Las ventanas de Jilava no estaban hechas para hacer pasar la luz, sino para obstaculizarla, puesto que todas estaban cuidadosamente cerradas con tablas de madera clavadas. La falta de aire era tal que para respirar nos acercábamos a turno, tres cada vez, boca abajo, para acercar la boca al resquicio de la puerta, posición en la que contábamos sesenta respiraciones, para que después otros compañeros pudieran recuperarse del desvanecimiento y de la falta de oxígeno.
DESNUDOS EN EL HIELO
DESNUDOS EN EL HIELO
Desde Jilava, tras largos años de profanaciones humanas, fuimos trasladados, con cadenas en los pies, a la cárcel de máximo aislamiento llamada Zarka, pabellón del terror de la prisión de Aiud. La acogida se desarrolló según el mismo ritual siniestro y diabólico de profanación del hombre creado por el amor de Dios. La misma raspadura, las mismas botas tremendas que se hundían en las costillas, en el abdomen, en los riñones. La celda en la que me metieron no tenía nada: ni cama, ni manta, ni sábana, ni almohada, ni mesa, ni silla, ni esterilla y tampoco ventanas. Únicamente barras de acero y yo, como el resto, solo en la celda: me asombraba de mí mismo, vestido sólo con mi piel y cubierto de frío.
Estábamos a finales de noviembre. El frío era cada vez más penetrante, como un incómodo compañero de celda. Al cabo de unos tres días, desde la puerta abierta con violencia me arrojaron unos pantalones desgastados, una camisa de manga corta, calzoncillos, un uniforme de rayas y un par de botas desgastadas, sin cordones, sin calcetines. Nada para cubrirse la cabeza. Y, además, una especie de letrina, un mísero recipiente de unos cuatro litros. Me vestí con la rapidez de un rayo. Helados, el cuarto día nos contaron. En lugar de mi nombre me dieron un número: K-1700, el año en el que la Iglesia de Transilvania se reunió con Roma. En el registro civil ya me habían asesinado. Sobrevivía sólo como un número estadístico.
CAMINAR O MORIR
CAMINAR O MORIR
Para sobrevivir al frío estábamos obligados a movernos continuamente, a hacer gimnasia. En el momento en que caíamos extenuados por el cansancio y el hambre, nos precipitábamos en el sueño; un sueño brevísimo, porque el frío era cortante. El pabellón, inmerso en el silencio lúgubre de la muerte, resonaba bajo nuestras botas sin cordones. Nos animaba la misteriosa voluntad de un pueblo de permanecer en la historia y la vocación de la Iglesia de seguir viva. Dejábamos de caminar alrededor de las 12:30, durante una media hora, cuando el sol se detenía, avaro, en el rincón de la celda. Allí, acurrucado con el sol en el rostro, robaba un instante de sueño y un rayo de esperanza. Y cuando el sol me abandonaba, yo sentía, sin embargo, que la Gracia no lo hacía. Con cada paso recitaba rítmicamente una oración, componía letanías, recitaba los versículos de los salmos.
Seguimos caminando así, para no tropezar con la muerte, durante diecisiete semanas. A quien le abandonaba la fuerza o la voluntad de moverse, moría. De los 80 hombres que entraron en Zarka, sólo sobrevivieron 30. Lentamente, las barras de hierro se revestían de escarcha, formada por el aliento de vida de nuestra respiración, brillante hábito de paso hacia el cielo.
PERO TODO ES GRACIA
No he escrito mucho sobre estas experiencias dramáticas de mi vida. ¿Quién podría creer lo que parece increíble? ¿Quién puede creer que las leyes físicas hayan sido superadas por la voluntad? ¿Y si tuviera que relatar los milagros que he vivido? ¿No se considerarían fantasmagorías? Sería más difícil para mí soportar esta incredulidad que más años de prisión. Tampoco creyeron en Jesús muchos de los que le vieron: "Desde entonces, muchos discípulos se echaron atrás y no volvieron a ir con él" (Jn 6, 66).
Nada sucede por azar en la vida. Cada instante que el Señor nos concede está cargado de Gracia –impaciencia benévola de Dios – y de nuestra voluntad de responderle o rechazarle. Nos corresponde a cada uno de nosotros no reducir todo a un simple relato duro, feroz, increíble y comprender, en cambio, que la Gracia acogida no frena al hombre, sino que lo lleva más allá de sus expectativas y de sus fuerzas. Espero de corazón que este testimonio abra una ventana de Cielo. Porque es más grande el Cielo sobre nosotros que la tierra bajo nuestros pies.
Europa al voto. Pero también la Iglesia debe decidir su futuro
Hoy, domingo 26 de mayo, se cierran las votaciones para elegir el parlamento de la Unión Europea. Pero, ¿qué está pasando entre la Iglesia católica y Europa? En el continente que durante siglos ha sido el corazón de la fe cristiana, una gran parte de sus habitantes parece no estar ya interesada en esta fe. Y, viceversa, la Iglesia católica, guiada por un papa argentino, parece interesarse cada vez menos en Europa y dirige su mirada, sobre todo, a América Latina, África y Asia.
De este doble "desinterés" parte el análisis que Sergio Belardinelli firma junto a Angelo Panebianco en este ensayo que ha salido en vísperas de las elecciones:
Ambos enseñan en la universidad de Bolonia: Panebianco, ciencias políticas, y Belardinelli sociología de los procesos culturales. El primero es laico, el segundo católico, protagonista de ese "Proyecto cultural" que llevó a cabo la Iglesia italiana en los años en que fue liderada por el cardenal Camillo Ruini.
Ambos comparten la idea según la cual la civilización liberal es "el don más importante de la Europa moderna al mundo" y, al mismo tiempo, "el fruto maduro de la tradición cristiana". Sin embargo, mientras Panebianco desarrolla su análisis bajo el perfil geopolítico, Belardinelli lo hace bajo el cultural y religioso y titula su ensayo: "La Iglesia católica y Europa". Y nos ofrece reflexiones que afectan en pleno al presente y al futuro de la Iglesia.
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Uno de los pensadores a los que hace referencia Belardinelli es el filósofo judío Leo Strauss (1899-1973), con su tesis del inflexible antagonismo entre Jerusalén y Atenas, entre el polo de la revelación y la fe y el polo de la filosofía y la razón. Antagonismo que, sin embargo, también para él es "el secreto de la vitalidad de Occidente".
Sin embargo, el drama de la Europa actual –escribe Belardinelli– es que este antagonismo entre Jerusalén y Atenas se ha apagado: “Europa abandonando a la Iglesia, y la Iglesia abandonando a Europa, representan de manera paradigmática el vaciamiento de la 'vitalidad' de ambas ciudades”.
Además, la Iglesia, con su actual magisterio, "parece respaldar gran parte de los estereotipos responsables de la crisis de la propia Europa".
Belardinelli pone este ejemplo:
"Admitamos que el magisterio de los pontífices precedentes al papa Francisco estuviera demasiado centrado en los denominados temas 'no negociables' como vida y familia. ¿Estamos seguros de que el hecho de privilegiar ahora otros temas, como el ambientalismo, la crítica al mercado capitalista o el tercermundismo, sea un paso adelante? […] Tengo la impresión de que la denuncia de las causas de estos males que hace hoy en día la Iglesia es 'demasiado humana'. Es como si, al señalar con el dedo el mercado y el liberalismo como los principales responsables -acusaciones que, además, son bastante opinables-, se edulcorase la tremenda y trágica gravedad del mal que se denuncia. La consecuencia es que el impulso profético de la denuncia se debilita precisamente por el hecho de parecer demasiado unido a las lógicas del mundo, demasiado político y demasiado poco escatológico".
Según Belardinelli, hoy la Chiesa "da a menudo la impresión de caer en ese moralismo, bastante de moda, en la base del cual parece que hay una especie de incapacidad de distinguir entre religión, moral y política", cuya diferenciación es, en cambio, una de las conquistas más importantes de la civilización europea.
Y pone este otro ejemplo:
"Cuando la Iglesia católica se hace portadora de un mensaje de acogida para salvaguardar la dignidad de cada hombre, prescindiendo de su pertenencia religiosa o cultural, implícitamente está defendiendo la mejor identidad de Europa. Pero el hecho de que lo haga sin tener en cuenta las consecuencias que un flujo migratorio descontrolado podría tener sobre los países europeos, indica una falta de realismo político ciertamente preocupante, […] que no está compensado por ninguna otra parte, ni por las instituciones europeas, ni por los estados nacionales. […] Europa parece ser un continente a la deriva, que se olvida de sí mismo, precisamente en el momento en el que en la escena geopolítica hay un protagonista para el cual el pluralismo y la libertad no son algo que hay que dar por descontado: el islam. Son islámicos los países de los que proceden la mayor parte de los desesperados que llaman a nuestra puerta; es de matriz islámica el terrorismo que en estos años ha ensangrentando las principales capitales europeas; son islámicos los países que no toleran la presencia de Israel en el mundo árabe; en pocas palabras, es el islam el que hace de catalizador de los principales problemas de nuestro tiempo”.
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Otro pensador al que hace referencia Belardinelli es el sociólogo y filósofo alemán Niklas Luhmann (1927-1998), del que dice que "tiene muchísima razón" cuando afirma que "si queremos tomar en serio la secularización" es necesario que "religión, política, ciencia, economía, en una palabra, que todos los sistemas sociales se especialicen cada vez más en la propia función".
Para la Iglesia católica "esto implica una serie de consecuencias que afectan a su dimensión organizativa, pastoral y, también, teológico-doctrinal".
La Iglesia haría bien, por ejemplo, "en distinguir entre quienes buscan a Dios de quienes buscan una identidad o un aspecto religioso para relanzar su desconfianza respecto a la economía de mercado" o para "producir efectos sociales, políticos o económicos de cualquier tipo".
Escribe Belardinelli:
"La utilidad social de la fe en el Dios de Abraham y de Jesucristo no se discute. Como enseñan los clásicos de la sociología, desde Max Weber a Niklas Luhmann, las principales formas culturales de Occidente –estado de derecho, economía de mercado, ciencia y técnica– tienen en la religión judeo-cristiana sus condiciones de posibilidad. Sin embargo, observándolo bien, hay que reconocer que todas estas ventajas son accesorias: es decir, son ventajas que la fe, sin disminuir en manera alguna su importancia, ha sido capaz de producir simplemente porque ha sido capaz de mantener vivo en la sociedad el sentido de algo que, valiendo por sí mismo, ha ofrecido un surplus, es decir, el sentido de Dios".
De esto se deduce que "la sociedad secular, por muy sorprendente que parezca, tiene la necesidad urgente de que, desde alguna parte, haya alguien que hable de Dios con un lenguaje que no sea demasiado mundano. […] Pero, ¿de qué Dios se debe hablar? Según Pascal es, sin duda alguna, oportuno salir de la perspectiva injusta del 'Dios de los filósofos' para entrar en la del 'Dios de Abraham y de Jesucristo'. Sin embargo, no me parece razonable que este Dios que es amor y misericordia sea concebido como un Dios en conflicto con el 'ser perfectísimo, creador y señor del cielo y de la tierra', como se recitaba en el catecismo. […] Un Dios que no sea omnipotente y no haya creado el mundo no puede ser Dios. Como comprendieron bien Leo Strauss y Joseph Ratzinger, por citar dos nombres relevantes, el mundo tiene sentido sólo porque ha sido creado por Dios. […] Pero para que este Dios vuelva a ser un concepto generador de forma de vidas eclesiales y sociales se necesita, sobre todo, la fe".
Asombra esta referencia al nombre de Ratzinger en pleno discurso sobre un Dios que es, también, el centro de esas "Reflexiones" publicadas en abril por el papa emérito, que trazan su visión de la actual crisis de la Iglesia católica.
Pero el "hablar de Dios" de Belardinelli no comporta un alejamiento de la Iglesia del mundo. Más bien al contrario:
"Esto implica una clara conciencia, […] además de la confianza de que sea precisamente lo específico de la religión, es decir el discurso sobre Dios y la fe como su ‘medium’ privilegiado, el que produce ese ‘ruido ambiental’, como lo llama Luhmann, que consigue hacerse oír también en los otros sistemas sociales, obligándoles a tenerlo en cuenta. […] Precisamente porque se especializa en la propia función, que es la de hablar de Dios, renunciando a perseguir directamente fines de tipo político, la religión podría descubrirse políticamente mucho más incisiva y relevante de lo que es en su versión de ‘religión civil’”.
La Iglesia no debe temer este conflictividad, concluye Belardinelli. Porque, como decía Strauss, "precisamente en esta conflictividad está el secreto de la 'vitalidad' de Europa y de la cultura occidental".
Mientras que al contrario, "en el cansancio de la política y de la religión está el verdadero problema de la Europa de hoy en día".
jueves, 16 de mayo de 2019
La guerra cultural.
POR MARIANO REY
Para entender mejor la esencia de la batalla cultural preconizada por las izquierdas y demás fuerzas de la decadencia, conviene compararla con la de la guerra clásica. Tradicionalmente, es el conflicto el que causa la guerra. El comienzo convencional se debe a una disputa de intereses entre al menos dos grupos que sostienen posiciones irreconciliables, y la guerra se propone como solución a tal conflicto. La expresión extrema ratio "la guerra es el último de los medios" implica la aspiración de terminarla lo antes posible, evitando la mayor pérdida de recursos. En cambio, en la batalla cultural no se puede encontrar un comienzo definido ni intereses claros. La guerra intenta causar el conflicto. Puede definirse como la búsqueda insaciable de nuevos antagonismos sociales en que la izquierda pueda ingresar. Se trata entonces de la batalla como causa en sí misma, a fin de obtener el conflicto social.
Así, los izquierdistas buscan constantemente provocar enfrentamientos por temáticas arbitrarias que luego politizan: una chica que va sin corpiño al colegio -una intimidad, en el mejor de los casos-, o mujeres defendiendo los derechos de "las animalas".
Una vez generada la polémica, los medios tratan a tal capricho como si fuera un acontecimiento que debe interesarnos a todos. A tal capricho "individual" lo dimensionan como "polémico", convirtiéndolo en conflicto "social". Así, lo introducen en la lógica de su discurso hegemónico, donde se lo trata como la respuesta virtuosa que se esgrime ante el "sistema represivo". La intención frente al conflicto no es solucionarlo, sino extenderlo como llamas.
LOS "COLECTIVOS"
Otro factor decisivo para esta guerra no tradicional es la creación de un auténtico ejército, los llamados "colectivos", integrados por gente estructuralmente conflictiva que viva propiciando y protagonizando enfrentamientos constantes. Es por esto que la izquierda ve siempre con buenos ojos a los marginados del sistema. En realidad, lo que menos le interesa es mejorar la condición de esos "desposeídos".
Es más: para la izquierda, un marginado que logra reintegrarse a la sociedad es un soldado menos para su causa, porque en realidad necesita marginales orgullosos de su propia marginalidad; la marginación como elección, y no como producto de la desgracia. La principal estrategia es proveer de una identidad a los disconformes, a los inadaptados, a las minorías, a los idiotas útiles. Desde el sistema educativo se sensibiliza a la sociedad ante cualquier pretensión de tal o cual colectivo. El fin es muy claro: convertir a la mayoría de los ciudadanos en potenciales milicianos. Se sirven de la buena voluntad de los jóvenes y de su entrañable idealismo.
En la actualidad, esos centros de formación son las universidades públicas, y más que nada las concentradas en las áreas de Sociales. Ahí se adoctrina sistemáticamente a los ingresantes para que cuenten con el abanico de respuestas necesarias -lugares comunes repetidos hasta el asco-, y la "formación" adecuada para difundir el discurso hegemónico, aquel que condiciona la forma mentis de la población. A la vez, se les niega que son predicadores de la ideología dominante, que es precisamente lo que son. Además de carreras totalmente anticientíficas como Licenciatura en Género, también existen obligatorios centros de adoctrinamiento. Me refiero a las escuelas, en las que cada vez desde más chicos se les enseñan a los alumnos esos contenidos.
Cuando en una guerra tradicional el ejército ganaba una posición o un terreno, sometía al pueblo vencido. Lo dominaba desde una posición exterior, por lo cual muchas veces estas conquistas no prevalecían en el tiempo, dado que el mismo pueblo intentaba independizarse. Así, al ser liberados, olvidaban rápidamente las leyes del conquistador. Por esto la conquista convencional implicaba que el individuo perdiese su libertad, lo cual no le evitaba pensar lo que desease; es más: la falta de libertad era justamente el acicate de su pensamiento, de su disidencia, de su resistencia. Era vencido, pero no convencido. El dolor físico garantizaba la perpetuidad del régimen, pero a la larga también significaba su fin. Tendrían que pasar muchas generaciones para que el oprimido naturalizara su condición.
OTRA ESTRATEGIA
La colonización cultural no impone su sistema de creencias y valores por medio de la fuerza bruta. La estrategia consiste en presentar semejantes ideas con tal astucia que quienes las reciben las consideran como propias, como generadas por ellos mismos. Y todo presentado bajo la fachada de una liberación, que en realidad es alienación. Tal alienación, tal erradicación del ser individual y social, permite la hegemonización de la cultura por parte de la izquierda: el dominio de los individuos, bajo su propia y complacida anuencia.
Y esa estrategia global se manifiesta bajo diversas modalidades. Los neocolonizadores pretenden saber más del estilo de vida de los nativos que los nativos mismos; incluso aparentan estar más preocupados que ellos por sus condiciones de vida. Los militantes son gente muy buena, auténticos benefactores: sólo vienen con la intención de empoderar al oprimido, y para eso buscan transformarse en sus abogados, en sus representantes y hasta en sus diseñadores de imagen. Así nos topamos, por poner un caso, con los llamados activistas de género, que pretenden explicarles a las mujeres cómo ser una mujer.
Ya no es la primera opción la destrucción del enemigo o de los neutrales, sino la deconstrucción ["Deshacer analíticamente los elementos que constituyen una estructura conceptual" (Drae)] del diferente. Este es un proceso mucho más sofisticado y duradero que el anterior, ya que no implica privar al individuo de su libertad: lo prioritario es alienarlo; borrar la identidad del dominado, borrar los conceptos que le permiten razonar, para convertirlo en un nuevo promotor del discurso que lo hegemoniza. La pérdida de su individualidad, de sus valores, de su moral permite reclutarlo en las filas de la nueva izquierda siempre ávida de votos, y sobre todo en los países en que es minoría.
Cuando la izquierda se enfrenta ante instituciones imposibles, por su estructura, de hegemonizar, vuelve a la guerra tradicional e intenta eliminarlas de forma violenta, lanzando bombas molotov a las iglesias o disparándole con morteros tumberos a la Policía. En general, el propósito final de la guerra convencional es debilitar o destruir las fuerzas militares del enemigo, para negarle la posibilidad de seguir combatiendo y obligar a su dirigencia política a rendirse. Las guerras tradicionales tienen tal fin.
El problema es que el marxismo cultural no propone una sociedad concreta, como hacía antes el marxismo clásico con su dictadura del proletariado. Sólo tiene una dirección, una tendencia progresiva: problematizar hasta los temas más insignificantes, un gesto de caballerosidad en el colectivo, por ejemplo. Al mismo tiempo, inyecta contradicciones dialécticas que no le permiten a la gente generar ni siquiera los pensamientos más básicos: si hay médicos que recetan cannabis, entonces fumar marihuana no debe de ser tan malo; ser provida o manifestarse a favor de las dos vidas es militar en el bando de los "antiderechos"; por lo tanto, alguien contrario al aborto es un potencial violador o femicida.
Debemos entender que ninguna de sus exigencias es un fin en sí misma; más bien, cada causa es utilizada como medio para obtener más poder. Es por eso que estamos ante un nuevo tipo de guerra, como decíamos, basado en interminables batallas de desgaste. Una guerra de guerrillas, pero ideológica. Una guerra de trincheras intelectuales, en la que el enemigo avanza falacia a falacia. Nos enfrentamos a adversarios insaciables, que siempre estarán dispuestos a dar un paso más allá, a destruir un límite sólo para destruir el siguiente, a encontrar una nueva y supuesta opresión. Son los países en donde prevalece la idea del aborto legal o en donde se impone la ideologizada educación sexual infantil los que siguen avanzando en nuevos terrenos de lo desconocido, lo absurdo, lo desmesurado. Pero ni ellos saben qué hay más allá.
Galeano nos dirá que "La utopía está en el horizonte. Camino dos pasos, ella se aleja dos pasos y el horizonte se corre diez pasos más allá. ¿Entonces para qué sirve la utopía? Para eso, sirve para caminar". Es la ilusión la que hace girar la rueda. Allí alejada, en el horizonte, a la ilusión nadie puede verla claramente, y cada uno se la imagina a su antojo. Para eso sirve la utopía, señor Galeano, para llevar a las moscas hacia una luz que ni usted ni nadie sabe dónde va a acabar.
"Viviendo en la revolución permanente" nos diría Trotsky, quien precisamente fue expulsado por su propio partido porque sus ideales no eran ya favorables para la segunda etapa de la revolución: la estabilización de una sociedad.
En palabras de Enrique Díaz Araujo, los cooptados por la revolución son "estériles e impotentes para crear y construir algo nuevo que le sirva al hombre"; su discurso es "indigente, catastrófico y perverso" [...] "Como no tiene (la izquierda) nada real que ofertar en reemplazo de lo que ataca, se complace en llenar la mente de las desvalidas masas occidentales con utopías absurdas y con odios negadores. Es la Rebelión de la Nada".
Pero no hay que confundirse; aunque a simple vista esta guerra heterodoxa dé la impresión de estar girando ad eternum en su propio eje, la guía una finalidad muy precisa: destruir la cultura occidental y sus valores.
domingo, 21 de abril de 2019
Una iglesia que necesita resucitar
Por Alberto Barrera Tyszka
MADRID — La imagen de las llamas saqueando Notre Dame produce una enorme desolación. Justo en estas fechas, en Semana Santa, poco antes de la celebración del día de la resurrección, la mejor noticia que el catolicismo puede ofrecerle al ser humano, una de las catedrales más emblemáticas del planeta cruje bajo el fuego. Obviamente, para la gran mayoría, no se trata de una tristeza ligada a la experiencia confesional. Notre Dame es un sacramento laico. Representa a la historia humana, no a Dios. Pero sin duda la escena parece diseñada para convertirse en una metáfora de la enorme crisis que vive esta religión hoy en día. ¿Acaso tiene algún sentido ser católico? ¿Cuál es el destino de la iglesia?
Yo también fui católico. Como casi todos los latinoamericanos, desde niño fui educado para responder de manera emocional a las expresiones de la fe. En mi juventud pensé en la posibilidad de ser sacerdote. Pasé dos años en el seminario de los jesuitas pero, un mes antes de hacer los votos, deserté. Luego, con el tránsito del tiempo, me fui distanciando cada vez más de cualquier iglesia. Terminé más aliado a la incómoda lucidez de Christopher Hitchens que a la devoción ante los altares. Ahora soy un ateo que, como gran parte de los ateos, en algunas ocasiones, extraño y envidio la fe.
Creo que es un proceso bastante común en casi todos los que nacimos a partir de la segunda mitad del siglo pasado. El catolicismo nunca fue capaz de leer los cambios y de reinventarse creativamente ante todo lo que fue ocurriendo en las últimas décadas del siglo XX: desde la revolución sexual y el empoderamiento femenino, hasta la revolución tecnológica y la digitalización del mundo, pasando por las crisis de las utopías sociales, el fin de las ideologías clásicas y las nuevas formas de ejercicio del poder. La nueva velocidad de la historia dejó a la jerarquía católica en un espectáculo deplorable: desnuda y envejecida.
Todavía hoy ese desencuentro es evidente y aterrador. En el contexto de los escándalos sexuales, frente a los cuales la iglesia ha tardado tanto en reaccionar con una ética radical y determinante, Joseph Ratzinger escribió hace unos días un alegato donde intenta relacionar la pederastia de muchos sacerdotes con los cambios en la sexualidad mundial durante la década de los sesenta. De esta forma, el primer papa autojubilado de la historia, el sacerdote que durante años se encargó de vigilar y proteger la doctrina de la iglesia, pretende liberar de culpas a delincuentes con sotana que, desde hace mucho, deberían haber sido juzgados por los tribunales civiles. Por suerte, todo ha cambiado. Vivimos en una profunda crisis de la representación. Así como en la política ya no es tan fácil representar al pueblo, tampoco ahora es tan sencillo representar a Dios.
La renuncia de Benedicto XVI y la elección de Francisco I puede ser vista como una ingeniosa operación de mercadotecnia fraguada en el Vaticano. El catolicismo enfrentaba un cuestionamiento global sin precedentes y necesitaba una nueva imagen. La elección de un argentino, además, era una hábil jugada para atender a Latinoamérica, su mayor consumidor. Bergoglio, más que un producto de la fe, parece una estrategia de mercado, una urgente reacción ante la necesidad de ofrecer una idea de cambio.
A todo esto, además, hay que sumar el creciente éxito de las iglesias evangélicas. Antes el enemigo estaba afuera: era el ateísmo, el comunismo. Ahora, el enemigo está en el territorio de la fe, comparte el mismo Dios. Se calcula que ya el 19 por ciento de la población de América Latina es evangélica. En algunos países de Centroamérica, son mayoría. El Vaticano está perdiendo su mejor rebaño.
Tal vez no hay señal más contundente de la crisis del catolicismo que la existencia de dos papas. Nunca antes, la historia de la iglesia había sido tan ambigua con la representación de Dios en la Tierra. Mientras Francisco I señala que los sacerdotes que hayan cometido algún abuso deben ser castigados por la justicia ordinaria, Benedicto XVI trata de diluir estos crímenes y traslada a la historia mundana cualquier responsabilidad. Si Jesucristo resucitara hoy, ¿en cuál de ellos creería? ¿Acaso se sentiría representado por alguno de los dos?
Al igual que todos los otros liderazgos, la jerarquía católica debe entender que ya no tiene las mismas ventajas que antes. Para bien y para mal, el flujo y la velocidad de las informaciones han trastocado toda la dinámica social. Lo público es ahora mucho más transparente. El poder es más débil. La noción de lo sagrado se ha paganizado.
El catolicismo necesita reinventarse. Con mucha coherencia moral pero, también, con mucha más rapidez. El Vaticano acumula décadas de retraso con respecto al ritmo de la sociedades actuales bajo el signo de la globalización y la tecnología. El sacerdocio de las mujeres, la sexualidad y el celibato, la riqueza oficial, la democratización interna y la transparencia económica son algunos de los temas pendientes para intentar comenzar a conectarse de nuevo con los creyentes. El humo negro sobre Notre Dame también nos recuerda que la iglesia necesita resucitar.
Alberto Barrera Tyszka es escritor y colaborador regular de The New York Times en Español. Su novela más reciente es "Mujeres que matan".
*Copyright: c.2019 New York Times News Service
martes, 26 de marzo de 2019
El tabú político que nadie quiere abordar
Cuando Guy Sorman era apenas un estudiante aventajado, allá por los años sesenta, su legendario profesor le habló inesperadamente de los argentinos. Raymond Aron, antagonista de Sartre y objetor de las cíclicas ideas totalitarias de cierto intelectualismo europeo, fue uno de los más grandes pensadores del siglo XX, y en aquella París políticamente primaveral, le advirtió a su también notable discípulo que "la Argentina era el único misterio que escapaba a la comprensión de los economistas". Desde entonces Guy Sorman se sintió genuina, tal vez morbosamente intrigado por nuestro destino; este economista y filósofo francés ha viajado a Buenos Aires a razón de casi una vez por año, y en el prefacio de su libro "Diario de un optimista" refiere sus intuiciones acerca de esta nación singular, donde su más relevante escritor (Borges) se declara irónicamente "inglés", donde su máximo héroe (San Martín) falleció en el ostracismo de Boulogne, donde la más jugosa atracción turística de la ciudad es un cementerio (La Recoleta) y donde las crisis económicas hunden una y otra vez a los argentinos en la mishiadura. Su conclusión es bastante obvia, y sin embargo no termina de permear: "La Argentina padece un mal singular que en otras partes de América Latina da la impresión de haberse superado pero que aquí parece incurable: una incapacidad crónica, genética, cultural, existencial para dotarse de instituciones estables, que trasciendan las disputas partidarias, ideológicas y provinciales". A continuación, sin embargo, va a fondo acerca de quién le parece el principal culpable de esta grave enfermedad: "El peronismo se convirtió en un pensamiento todoterreno, que permite legitimar tanto las exacciones como las reformas liberales (primer mandato de Menem). Este peronismo todoterreno, para toda estación, favorece el culto al jefe más que a las instituciones". Y después de describir sus pecados y de poner a salvo al propio Perón (de quien asegura que ya se utiliza como una mera coartada), Guy Sorman sube la apuesta: "Mientras no se juzgue al peronismo del mismo modo en que fueron juzgados el comunismo y el fascismo en Europa -salvando las distancias y proporciones-, los argentinos no se verán libres de los viejos demonios que acosan su memoria colectiva. Si se llevara a cabo ese juicio al peronismo, la conciencia argentina podría verse libre de la tentación del caudillismo. Nada da más tristeza que ver cómo los adversarios del caudillo en el poder se desviven por buscar un caudillo que lo reemplace". La última frase, escrita en 2012, alude a cómo la lógica del justicialismo penetró hasta en los sectores más antiperonistas. Sorman nos ha estudiado de cerca con afecto y rigurosidad, pero no es muy original: la mayoría de los políticos, periodistas, economistas y sociólogos del mundo tienen el mismo diagnóstico. Nuestra respuesta habitual, ante esa andanada de fallos unánimes, nos resulta tranquilizadora: los gringos no pueden comprender la idiosincrasia nacional y es inútil explicarles el peronismo. Ese desdén resignado se parece a cuando todo el mundo, menos nosotros, advertía que era imposible ganar la Guerra de Malvinas y luego que la convertibilidad no duraría cincuenta años, como les porfiábamos en cualquier sobremesa. El postergado y quizá utópico "juicio histórico al peronismo", por lo tanto, es un asunto crucial y pendiente, que casi nadie en las cátedras ni en las calles ni en las redacciones parece dispuesto a encarar. Hay un confort en dar a esa anomalía estructural, que destruyó el sistema de partidos políticos, una naturalización indebida, y también en esquivar el bulto, puesto que el abordaje de este auténtico tabú produce escozor, enemigos, sensación de peligro y muchísimos dolores de cabeza. La negativa a discutir los últimos setenta años -36 de los cuales gobernaron Perón o alguno de sus "herederos", y al menos otros veinte más transcurrieron bajo su presión o influencia ideológica- facilita la tarea de quienes pretenden ser inocentes de una larga y evidente decadencia, y prefieren discutir entonces la amarga estanflación de hace cinco minutos. Es así como después de 27 años ininterrumpidos de administración catastrófica y venal, el PJ bonaerense se dispone alegremente a marcarle las costillas a una gobernadora que se enfrentó a las mafias y precisa vivir con sus hijos dentro de un cuartel. El PJ cuenta, por acción u omisión, con la complicidad de muchos opinadores, que han descartado el estudio de la historia política y han resuelto actuar sin contextos y en el puro presente.
Este postergado "juicio histórico al peronismo" resulta más trascendental aún que el problema de la grieta, dado que esta no es más que un subproducto de su recurrente táctica divisionista. Pero el tema de fondo se sustrae permanentemente del debate: a nadie parece convenirle esa herejía; ni siquiera al oficialismo. Que ha tomado para sí la tremenda responsabilidad de lograr que el no peronismo complete un mandato democrático, algo que no sucede desde 1928. Su eventual reemplazo en diciembre serviría, no obstante, para darle paso a cualquiera de las dos versiones del justicialismo en boga, y con este marco de recesión, altísima inflación y persistente incertidumbre financiera, eso implicaría un drama muy superior a la mera derrota de esta circunstancial coalición gobernante; involucraría a todo el sistema democrático. Porque dejaría flotando una vez más la perversa y clásica idea de que "solo el peronismo puede gobernar", y por lo tanto le daría combustible al Movimiento de Perón para perpetuarse por varios lustros. Monólogo del partido único que los peronistas buscan con ansias, y que a cierto progresismo no parece molestarle demasiado. De todo esto no hay mayor responsable que Cambiemos, comisionado por millones de votantes para conducir a la sociedad por el desfiladero del pospopulismo y para construir desde allí un país normal. Las plegarias, por errores propios y huracanes ajenos, no fueron atendidas, y resta ahora ver si la "gente" resuelve darle un partido de revancha o le baja directamente el pulgar.
Hay, sin embargo, gradaciones en este inquietante drama nacional. Lavagna, pese a sus decorados socialdemócratas, gobernaría esencialmente con el justicialismo, pero su norte es incuestionablemente más republicano. El triunfo del chavismo argento significaría, por lo contrario, algo mucho más trágico que añadir un nuevo capítulo a nuestra mediocre ideología dominante y al ya tradicional régimen en el que nos hemos acostumbrado a vegetar. Caparrós, que visitó recientemente la patria de Chávez, explica que esa especie de reproducción del primer peronismo jamás lo sedujo, aunque entiende el apoyo de muchos intelectuales europeos: al principio hubo una política de distribución, que al final se mostró relativamente suicida. Terminaron secando la fuente de aquello que le servía para redistribuir, se basaron en un autoritarismo feroz y no se preocuparon nunca por crear en paralelo una economía diversificada. El chavismo es ardorosamente reivindicado, aun en estos epílogos, por los kirchneristas. Perón no hubiera sido tan incauto. Y Guy Sorman, también enemigo de los ultraliberales latinoamericanos ("discípulos descarriados de Milton Friedman"), predijo con exactitud qué ocurriría en la Argentina y Venezuela cuando los precios del petróleo y la soja se desmoronaran. Es que todo se caía de maduro. Solo que casi nadie quería verlo. Con el problema peronista ocurre exactamente lo mismo.
Por: Jorge Fernández Díaz
martes, 5 de febrero de 2019
El exterminio de los campeones
Juan Manuel De Prada
Entre los éxitos más restallantes del reciente cine español se cuenta Campeones, la película dirigida por Javier Fesser, en la que un entrenador de baloncesto interpretado por Javier Gutiérrez, inmerso en un desbarajuste vital, encuentra una redención personal dirigiendo un equipo de chicos con algún tipo de deficiencia psíquica. La película ha gustado sobremanera a la sociedad española, en la que sin embargo este tipo de personas lo tienen cada vez más crudo… para nacer. Pues lo cierto es que en España –como, por lo demás, ocurre en todos los ‘países de nuestro entorno’ eugenésico–normalmente liquidamos a este tipo de personas durante el embarazo.
Podríamos probar a preguntarnos –más allá de las virtudes cinematográficas de Campeones– cuál será la razón ‘sociológica’ de su éxito.
¿Será qué nuestra conciencia moral se siente interpelada y nos invita a reflexionar sobre el exterminio sigiloso de estas personas? ¿O será más bien que en ella hallamos un desahogo sentimental que nos permite olvidar más fácilmente este exterminio? Y lo mismo podríamos preguntarnos sobre esas campañas publicitarias presuntamente ‘sensibilizadoras’ (y en realidad obscenamente ternuristas) que nos muestran cuán maravillosas y risueñas son las personas con síndrome de Down. Lo cierto es que, mientras se estrenan estas películas y se sufragan estas campañas, en España son masacrados casi todos los niños gestantes que padecen algún tipo de deficiencia psíquica; y que los pocos que se salvan de la escabechina lo consiguen mayormente porque los diagnósticos prenatales no aciertan a detectar su discapacidad.
Especialmente sobrecogedoras resultan las cifras de nacimientos de niños con síndrome de Down, que han llegado a ser ‘testimoniales’ y por lo general fruto de errores en el diagnóstico médico.
La desaparición progresiva de las personas con deficiencias psíquicas es una lacra social acongojante, una clara muestra del debilitamiento de nuestra humanidad. Pero este exterminio sigiloso resulta todavía más abyecto porque lo acompañamos de una bochornosa sublimación de las deficiencias psíquicas, con campañas publicitarias y mediáticas en las que los niños y jóvenes que las sufren parecen reyes del mambo en un mundo de algodón de azúcar.
Mientras hacemos postureo emotivista ante la galería con los niños deficientes, los estamos descuartizando en el sótano oscuro. Y escribo ‘deficientes’ porque considero que no lograremos combatir esta lacra mientras nos aferremos al postureo emotivista.
Es una evidencia incontestable que el maquillaje o embellecimiento de las deficiencias psíquicas con eufemismos ñoños ha discurrido paralelo al exterminio de los niños que las padecen. Las palabras sirven para confrontarnos con las realidades; y cuando las palabras se retuercen para mitigar la realidad, resulta mucho más sencillo escamotear la realidad y tirarla al cubo de la basura. Y lo que decimos del lenguaje sirve también para otras formas de edulcoramiento. Puede sonar sarcástico, pero lo cierto es que los niños deficientes están siendo tachados del libro de la vida entre almibarados homenajes y seráficas jergas políticamente correctas, para desahogo sentimental de quienes los estamos masacrando.
Para combatir este exterminio sigiloso, en lugar de barnizar la deficiencia mental con eufemismos merengosos, deberíamos empezar por afrontar la cruda realidad. Así tal vez lograríamos despertar el dormido heroísmo que es preciso para recibir amorosamente a estos niños que ahora tachamos tan campantes del libro de la vida, mientras lagrimeamos en el cine.
Es mentira que estos niños sean «como nosotros»; es bazofia sentimental afirmar que son «tan capaces» como el resto. Alumbrar y cuidar a un niño deficiente puede procurar infinitas recompensas y remuneraciones espirituales; pero para alcanzarlas antes hay que acatar los sacrificios más abnegados y las más dolorosas renuncias; hay, en fin, que aceptar una forma de vida entregada que nuestra época detesta. Para alumbrar y cuidar a un niño deficiente hay que tener el cuajo de abjurar de la libertad que nuestra época celebra, que es la libertad entendida como exaltación del deseo, y abrazarse a la libertad que nuestra época proscribe, que es la libertad entendida como responsabilidad y exigencia.
Para alumbrar y cuidar a un niño deficiente hay que atreverse a amar y a recibir amor con una intensidad desmedida que intimida a nuestra generación podrida por emotivismos fofos. Es natural que una generación así no tenga valor para tener niños deficientes; y que luego necesite anegar su hipócrita conciencia eugenésica con desahogos sentimentales.
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