jueves, 16 de mayo de 2019

La guerra cultural.

POR MARIANO REY


Para entender mejor la esencia de la batalla cultural preconizada por las izquierdas y demás fuerzas de la decadencia, conviene compararla con la de la guerra clásica. Tradicionalmente, es el conflicto el que causa la guerra. El comienzo convencional se debe a una disputa de intereses entre al menos dos grupos que sostienen posiciones irreconciliables, y la guerra se propone como solución a tal conflicto. La expresión extrema ratio "la guerra es el último de los medios" implica la aspiración de terminarla lo antes posible, evitando la mayor pérdida de recursos. En cambio, en la batalla cultural no se puede encontrar un comienzo definido ni intereses claros. La guerra intenta causar el conflicto. Puede definirse como la búsqueda insaciable de nuevos antagonismos sociales en que la izquierda pueda ingresar. Se trata entonces de la batalla como causa en sí misma, a fin de obtener el conflicto social.

Así, los izquierdistas buscan constantemente provocar enfrentamientos por temáticas arbitrarias que luego politizan: una chica que va sin corpiño al colegio -una intimidad, en el mejor de los casos-, o mujeres defendiendo los derechos de "las animalas".

Una vez generada la polémica, los medios tratan a tal capricho como si fuera un acontecimiento que debe interesarnos a todos. A tal capricho "individual" lo dimensionan como "polémico", convirtiéndolo en conflicto "social". Así, lo introducen en la lógica de su discurso hegemónico, donde se lo trata como la respuesta virtuosa que se esgrime ante el "sistema represivo". La intención frente al conflicto no es solucionarlo, sino extenderlo como llamas.

LOS "COLECTIVOS"

Otro factor decisivo para esta guerra no tradicional es la creación de un auténtico ejército, los llamados "colectivos", integrados por gente estructuralmente conflictiva que viva propiciando y protagonizando enfrentamientos constantes. Es por esto que la izquierda ve siempre con buenos ojos a los marginados del sistema. En realidad, lo que menos le interesa es mejorar la condición de esos "desposeídos".

Es más: para la izquierda, un marginado que logra reintegrarse a la sociedad es un soldado menos para su causa, porque en realidad necesita marginales orgullosos de su propia marginalidad; la marginación como elección, y no como producto de la desgracia. La principal estrategia es proveer de una identidad a los disconformes, a los inadaptados, a las minorías, a los idiotas útiles. Desde el sistema educativo se sensibiliza a la sociedad ante cualquier pretensión de tal o cual colectivo. El fin es muy claro: convertir a la mayoría de los ciudadanos en potenciales milicianos. Se sirven de la buena voluntad de los jóvenes y de su entrañable idealismo.

En la actualidad, esos centros de formación son las universidades públicas, y más que nada las concentradas en las áreas de Sociales. Ahí se adoctrina sistemáticamente a los ingresantes para que cuenten con el abanico de respuestas necesarias -lugares comunes repetidos hasta el asco-, y la "formación" adecuada para difundir el discurso hegemónico, aquel que condiciona la forma mentis de la población. A la vez, se les niega que son predicadores de la ideología dominante, que es precisamente lo que son. Además de carreras totalmente anticientíficas como Licenciatura en Género, también existen obligatorios centros de adoctrinamiento. Me refiero a las escuelas, en las que cada vez desde más chicos se les enseñan a los alumnos esos contenidos.

Cuando en una guerra tradicional el ejército ganaba una posición o un terreno, sometía al pueblo vencido. Lo dominaba desde una posición exterior, por lo cual muchas veces estas conquistas no prevalecían en el tiempo, dado que el mismo pueblo intentaba independizarse. Así, al ser liberados, olvidaban rápidamente las leyes del conquistador. Por esto la conquista convencional implicaba que el individuo perdiese su libertad, lo cual no le evitaba pensar lo que desease; es más: la falta de libertad era justamente el acicate de su pensamiento, de su disidencia, de su resistencia. Era vencido, pero no convencido. El dolor físico garantizaba la perpetuidad del régimen, pero a la larga también significaba su fin. Tendrían que pasar muchas generaciones para que el oprimido naturalizara su condición.

OTRA ESTRATEGIA

La colonización cultural no impone su sistema de creencias y valores por medio de la fuerza bruta. La estrategia consiste en presentar semejantes ideas con tal astucia que quienes las reciben las consideran como propias, como generadas por ellos mismos. Y todo presentado bajo la fachada de una liberación, que en realidad es alienación. Tal alienación, tal erradicación del ser individual y social, permite la hegemonización de la cultura por parte de la izquierda: el dominio de los individuos, bajo su propia y complacida anuencia.

Y esa estrategia global se manifiesta bajo diversas modalidades. Los neocolonizadores pretenden saber más del estilo de vida de los nativos que los nativos mismos; incluso aparentan estar más preocupados que ellos por sus condiciones de vida. Los militantes son gente muy buena, auténticos benefactores: sólo vienen con la intención de empoderar al oprimido, y para eso buscan transformarse en sus abogados, en sus representantes y hasta en sus diseñadores de imagen. Así nos topamos, por poner un caso, con los llamados activistas de género, que pretenden explicarles a las mujeres cómo ser una mujer.

Ya no es la primera opción la destrucción del enemigo o de los neutrales, sino la deconstrucción ["Deshacer analíticamente los elementos que constituyen una estructura conceptual" (Drae)] del diferente. Este es un proceso mucho más sofisticado y duradero que el anterior, ya que no implica privar al individuo de su libertad: lo prioritario es alienarlo; borrar la identidad del dominado, borrar los conceptos que le permiten razonar, para convertirlo en un nuevo promotor del discurso que lo hegemoniza. La pérdida de su individualidad, de sus valores, de su moral permite reclutarlo en las filas de la nueva izquierda siempre ávida de votos, y sobre todo en los países en que es minoría.

Cuando la izquierda se enfrenta ante instituciones imposibles, por su estructura, de hegemonizar, vuelve a la guerra tradicional e intenta eliminarlas de forma violenta, lanzando bombas molotov a las iglesias o disparándole con morteros tumberos a la Policía. En general, el propósito final de la guerra convencional es debilitar o destruir las fuerzas militares del enemigo, para negarle la posibilidad de seguir combatiendo y obligar a su dirigencia política a rendirse. Las guerras tradicionales tienen tal fin.

El problema es que el marxismo cultural no propone una sociedad concreta, como hacía antes el marxismo clásico con su dictadura del proletariado. Sólo tiene una dirección, una tendencia progresiva: problematizar hasta los temas más insignificantes, un gesto de caballerosidad en el colectivo, por ejemplo. Al mismo tiempo, inyecta contradicciones dialécticas que no le permiten a la gente generar ni siquiera los pensamientos más básicos: si hay médicos que recetan cannabis, entonces fumar marihuana no debe de ser tan malo; ser provida o manifestarse a favor de las dos vidas es militar en el bando de los "antiderechos"; por lo tanto, alguien contrario al aborto es un potencial violador o femicida.

Debemos entender que ninguna de sus exigencias es un fin en sí misma; más bien, cada causa es utilizada como medio para obtener más poder. Es por eso que estamos ante un nuevo tipo de guerra, como decíamos, basado en interminables batallas de desgaste. Una guerra de guerrillas, pero ideológica. Una guerra de trincheras intelectuales, en la que el enemigo avanza falacia a falacia. Nos enfrentamos a adversarios insaciables, que siempre estarán dispuestos a dar un paso más allá, a destruir un límite sólo para destruir el siguiente, a encontrar una nueva y supuesta opresión. Son los países en donde prevalece la idea del aborto legal o en donde se impone la ideologizada educación sexual infantil los que siguen avanzando en nuevos terrenos de lo desconocido, lo absurdo, lo desmesurado. Pero ni ellos saben qué hay más allá.

Galeano nos dirá que "La utopía está en el horizonte. Camino dos pasos, ella se aleja dos pasos y el horizonte se corre diez pasos más allá. ¿Entonces para qué sirve la utopía? Para eso, sirve para caminar". Es la ilusión la que hace girar la rueda. Allí alejada, en el horizonte, a la ilusión nadie puede verla claramente, y cada uno se la imagina a su antojo. Para eso sirve la utopía, señor Galeano, para llevar a las moscas hacia una luz que ni usted ni nadie sabe dónde va a acabar.

"Viviendo en la revolución permanente" nos diría Trotsky, quien precisamente fue expulsado por su propio partido porque sus ideales no eran ya favorables para la segunda etapa de la revolución: la estabilización de una sociedad.

En palabras de Enrique Díaz Araujo, los cooptados por la revolución son "estériles e impotentes para crear y construir algo nuevo que le sirva al hombre"; su discurso es "indigente, catastrófico y perverso" [...] "Como no tiene (la izquierda) nada real que ofertar en reemplazo de lo que ataca, se complace en llenar la mente de las desvalidas masas occidentales con utopías absurdas y con odios negadores. Es la Rebelión de la Nada".

Pero no hay que confundirse; aunque a simple vista esta guerra heterodoxa dé la impresión de estar girando ad eternum en su propio eje, la guía una finalidad muy precisa: destruir la cultura occidental y sus valores.


domingo, 21 de abril de 2019

Una iglesia que necesita resucitar

Por Alberto Barrera Tyszka

MADRID — La imagen de las llamas saqueando Notre Dame produce una enorme desolación. Justo en estas fechas, en Semana Santa, poco antes de la celebración del día de la resurrección, la mejor noticia que el catolicismo puede ofrecerle al ser humano, una de las catedrales más emblemáticas del planeta cruje bajo el fuego. Obviamente, para la gran mayoría, no se trata de una tristeza ligada a la experiencia confesional. Notre Dame es un sacramento laico. Representa a la historia humana, no a Dios. Pero sin duda la escena parece diseñada para convertirse en una metáfora de la enorme crisis que vive esta religión hoy en día. ¿Acaso tiene algún sentido ser católico? ¿Cuál es el destino de la iglesia?
Yo también fui católico. Como casi todos los latinoamericanos, desde niño fui educado para responder de manera emocional a las expresiones de la fe. En mi juventud pensé en la posibilidad de ser sacerdote. Pasé dos años en el seminario de los jesuitas pero, un mes antes de hacer los votos, deserté. Luego, con el tránsito del tiempo, me fui distanciando cada vez más de cualquier iglesia. Terminé más aliado a la incómoda lucidez de Christopher Hitchens que a la devoción ante los altares. Ahora soy un ateo que, como gran parte de los ateos, en algunas ocasiones, extraño y envidio la fe.
Creo que es un proceso bastante común en casi todos los que nacimos a partir de la segunda mitad del siglo pasado. El catolicismo nunca fue capaz de leer los cambios y de reinventarse creativamente ante todo lo que fue ocurriendo en las últimas décadas del siglo XX: desde la revolución sexual y el empoderamiento femenino, hasta la revolución tecnológica y la digitalización del mundo, pasando por las crisis de las utopías sociales, el fin de las ideologías clásicas y las nuevas formas de ejercicio del poder. La nueva velocidad de la historia dejó a la jerarquía católica en un espectáculo deplorable: desnuda y envejecida.
Notre Dame, la emblemática catedral parisina (AP Photo/Michel Euler)
Notre Dame, la emblemática catedral parisina (AP Photo/Michel Euler)
Todavía hoy ese desencuentro es evidente y aterrador. En el contexto de los escándalos sexuales, frente a los cuales la iglesia ha tardado tanto en reaccionar con una ética radical y determinante, Joseph Ratzinger escribió hace unos días un alegato donde intenta relacionar la pederastia de muchos sacerdotes con los cambios en la sexualidad mundial durante la década de los sesenta. De esta forma, el primer papa autojubilado de la historia, el sacerdote que durante años se encargó de vigilar y proteger la doctrina de la iglesia, pretende liberar de culpas a delincuentes con sotana que, desde hace mucho, deberían haber sido juzgados por los tribunales civiles. Por suerte, todo ha cambiado. Vivimos en una profunda crisis de la representación. Así como en la política ya no es tan fácil representar al pueblo, tampoco ahora es tan sencillo representar a Dios.
La renuncia de Benedicto XVI y la elección de Francisco I puede ser vista como una ingeniosa operación de mercadotecnia fraguada en el Vaticano. El catolicismo enfrentaba un cuestionamiento global sin precedentes y necesitaba una nueva imagen. La elección de un argentino, además, era una hábil jugada para atender a Latinoamérica, su mayor consumidor. Bergoglio, más que un producto de la fe, parece una estrategia de mercado, una urgente reacción ante la necesidad de ofrecer una idea de cambio.
A todo esto, además, hay que sumar el creciente éxito de las iglesias evangélicas. Antes el enemigo estaba afuera: era el ateísmo, el comunismo. Ahora, el enemigo está en el territorio de la fe, comparte el mismo Dios. Se calcula que ya el 19 por ciento de la población de América Latina es evangélica. En algunos países de Centroamérica, son mayoría. El Vaticano está perdiendo su mejor rebaño.
Tal vez no hay señal más contundente de la crisis del catolicismo que la existencia de dos papas. Nunca antes, la historia de la iglesia había sido tan ambigua con la representación de Dios en la Tierra. Mientras Francisco I señala que los sacerdotes que hayan cometido algún abuso deben ser castigados por la justicia ordinaria, Benedicto XVI trata de diluir estos crímenes y traslada a la historia mundana cualquier responsabilidad. Si Jesucristo resucitara hoy, ¿en cuál de ellos creería? ¿Acaso se sentiría representado por alguno de los dos?
Al igual que todos los otros liderazgos, la jerarquía católica debe entender que ya no tiene las mismas ventajas que antes. Para bien y para mal, el flujo y la velocidad de las informaciones han trastocado toda la dinámica social. Lo público es ahora mucho más transparente. El poder es más débil. La noción de lo sagrado se ha paganizado.
El catolicismo necesita reinventarse. Con mucha coherencia moral pero, también, con mucha más rapidez. El Vaticano acumula décadas de retraso con respecto al ritmo de la sociedades actuales bajo el signo de la globalización y la tecnología. El sacerdocio de las mujeres, la sexualidad y el celibato, la riqueza oficial, la democratización interna y la transparencia económica son algunos de los temas pendientes para intentar comenzar a conectarse de nuevo con los creyentes. El humo negro sobre Notre Dame también nos recuerda que la iglesia necesita resucitar.
Alberto Barrera Tyszka es escritor y colaborador regular de The New York Times en Español. Su novela más reciente es "Mujeres que matan".
*Copyright: c.2019 New York Times News Service

martes, 26 de marzo de 2019

El tabú político que nadie quiere abordar



Cuando Guy Sorman era apenas un estudiante aventajado, allá por los años sesenta, su legendario profesor le habló inesperadamente de los argentinos. Raymond Aron, antagonista de Sartre y objetor de las cíclicas ideas totalitarias de cierto intelectualismo europeo, fue uno de los más grandes pensadores del siglo XX, y en aquella París políticamente primaveral, le advirtió a su también notable discípulo que "la Argentina era el único misterio que escapaba a la comprensión de los economistas". Desde entonces Guy Sorman se sintió genuina, tal vez morbosamente intrigado por nuestro destino; este economista y filósofo francés ha viajado a Buenos Aires a razón de casi una vez por año, y en el prefacio de su libro "Diario de un optimista" refiere sus intuiciones acerca de esta nación singular, donde su más relevante escritor (Borges) se declara irónicamente "inglés", donde su máximo héroe (San Martín) falleció en el ostracismo de Boulogne, donde la más jugosa atracción turística de la ciudad es un cementerio (La Recoleta) y donde las crisis económicas hunden una y otra vez a los argentinos en la mishiadura. Su conclusión es bastante obvia, y sin embargo no termina de permear: "La Argentina padece un mal singular que en otras partes de América Latina da la impresión de haberse superado pero que aquí parece incurable: una incapacidad crónica, genética, cultural, existencial para dotarse de instituciones estables, que trasciendan las disputas partidarias, ideológicas y provinciales". A continuación, sin embargo, va a fondo acerca de quién le parece el principal culpable de esta grave enfermedad: "El peronismo se convirtió en un pensamiento todoterreno, que permite legitimar tanto las exacciones como las reformas liberales (primer mandato de Menem). Este peronismo todoterreno, para toda estación, favorece el culto al jefe más que a las instituciones". Y después de describir sus pecados y de poner a salvo al propio Perón (de quien asegura que ya se utiliza como una mera coartada), Guy Sorman sube la apuesta: "Mientras no se juzgue al peronismo del mismo modo en que fueron juzgados el comunismo y el fascismo en Europa -salvando las distancias y proporciones-, los argentinos no se verán libres de los viejos demonios que acosan su memoria colectiva. Si se llevara a cabo ese juicio al peronismo, la conciencia argentina podría verse libre de la tentación del caudillismo. Nada da más tristeza que ver cómo los adversarios del caudillo en el poder se desviven por buscar un caudillo que lo reemplace". La última frase, escrita en 2012, alude a cómo la lógica del justicialismo penetró hasta en los sectores más antiperonistas. Sorman nos ha estudiado de cerca con afecto y rigurosidad, pero no es muy original: la mayoría de los políticos, periodistas, economistas y sociólogos del mundo tienen el mismo diagnóstico. Nuestra respuesta habitual, ante esa andanada de fallos unánimes, nos resulta tranquilizadora: los gringos no pueden comprender la idiosincrasia nacional y es inútil explicarles el peronismo. Ese desdén resignado se parece a cuando todo el mundo, menos nosotros, advertía que era imposible ganar la Guerra de Malvinas y luego que la convertibilidad no duraría cincuenta años, como les porfiábamos en cualquier sobremesa. El postergado y quizá utópico "juicio histórico al peronismo", por lo tanto, es un asunto crucial y pendiente, que casi nadie en las cátedras ni en las calles ni en las redacciones parece dispuesto a encarar. Hay un confort en dar a esa anomalía estructural, que destruyó el sistema de partidos políticos, una naturalización indebida, y también en esquivar el bulto, puesto que el abordaje de este auténtico tabú produce escozor, enemigos, sensación de peligro y muchísimos dolores de cabeza. La negativa a discutir los últimos setenta años -36 de los cuales gobernaron Perón o alguno de sus "herederos", y al menos otros veinte más transcurrieron bajo su presión o influencia ideológica- facilita la tarea de quienes pretenden ser inocentes de una larga y evidente decadencia, y prefieren discutir entonces la amarga estanflación de hace cinco minutos. Es así como después de 27 años ininterrumpidos de administración catastrófica y venal, el PJ bonaerense se dispone alegremente a marcarle las costillas a una gobernadora que se enfrentó a las mafias y precisa vivir con sus hijos dentro de un cuartel. El PJ cuenta, por acción u omisión, con la complicidad de muchos opinadores, que han descartado el estudio de la historia política y han resuelto actuar sin contextos y en el puro presente.

Este postergado "juicio histórico al peronismo" resulta más trascendental aún que el problema de la grieta, dado que esta no es más que un subproducto de su recurrente táctica divisionista. Pero el tema de fondo se sustrae permanentemente del debate: a nadie parece convenirle esa herejía; ni siquiera al oficialismo. Que ha tomado para sí la tremenda responsabilidad de lograr que el no peronismo complete un mandato democrático, algo que no sucede desde 1928. Su eventual reemplazo en diciembre serviría, no obstante, para darle paso a cualquiera de las dos versiones del justicialismo en boga, y con este marco de recesión, altísima inflación y persistente incertidumbre financiera, eso implicaría un drama muy superior a la mera derrota de esta circunstancial coalición gobernante; involucraría a todo el sistema democrático. Porque dejaría flotando una vez más la perversa y clásica idea de que "solo el peronismo puede gobernar", y por lo tanto le daría combustible al Movimiento de Perón para perpetuarse por varios lustros. Monólogo del partido único que los peronistas buscan con ansias, y que a cierto progresismo no parece molestarle demasiado. De todo esto no hay mayor responsable que Cambiemos, comisionado por millones de votantes para conducir a la sociedad por el desfiladero del pospopulismo y para construir desde allí un país normal. Las plegarias, por errores propios y huracanes ajenos, no fueron atendidas, y resta ahora ver si la "gente" resuelve darle un partido de revancha o le baja directamente el pulgar.

Hay, sin embargo, gradaciones en este inquietante drama nacional. Lavagna, pese a sus decorados socialdemócratas, gobernaría esencialmente con el justicialismo, pero su norte es incuestionablemente más republicano. El triunfo del chavismo argento significaría, por lo contrario, algo mucho más trágico que añadir un nuevo capítulo a nuestra mediocre ideología dominante y al ya tradicional régimen en el que nos hemos acostumbrado a vegetar. Caparrós, que visitó recientemente la patria de Chávez, explica que esa especie de reproducción del primer peronismo jamás lo sedujo, aunque entiende el apoyo de muchos intelectuales europeos: al principio hubo una política de distribución, que al final se mostró relativamente suicida. Terminaron secando la fuente de aquello que le servía para redistribuir, se basaron en un autoritarismo feroz y no se preocuparon nunca por crear en paralelo una economía diversificada. El chavismo es ardorosamente reivindicado, aun en estos epílogos, por los kirchneristas. Perón no hubiera sido tan incauto. Y Guy Sorman, también enemigo de los ultraliberales latinoamericanos ("discípulos descarriados de Milton Friedman"), predijo con exactitud qué ocurriría en la Argentina y Venezuela cuando los precios del petróleo y la soja se desmoronaran. Es que todo se caía de maduro. Solo que casi nadie quería verlo. Con el problema peronista ocurre exactamente lo mismo.

martes, 5 de febrero de 2019

El exterminio de los campeones



Juan Manuel De Prada

Entre los éxitos más restallantes del reciente cine español se cuenta Campeones, la película dirigida por Javier Fesser, en la que un entrenador de baloncesto interpretado por Javier Gutiérrez, inmerso en un desbarajuste vital, encuentra una redención personal dirigiendo un equipo de chicos con algún tipo de deficiencia psíquica. La película ha gustado sobremanera a la sociedad española, en la que sin embargo este tipo de personas lo tienen cada vez más crudo… para nacer. Pues lo cierto es que en España –como, por lo demás, ocurre en todos los ‘países de nuestro entorno’ eugenésico–normalmente liquidamos a este tipo de personas durante el embarazo.



Podríamos probar a preguntarnos –más allá de las virtudes cinematográficas de Campeones– cuál será la razón ‘sociológica’ de su éxito.

¿Será qué nuestra conciencia moral se siente interpelada y nos invita a reflexionar sobre el exterminio sigiloso de estas personas? ¿O será más bien que en ella hallamos un desahogo sentimental que nos permite olvidar más fácilmente este exterminio? Y lo mismo podríamos preguntarnos sobre esas campañas publicitarias presuntamente ‘sensibilizadoras’ (y en realidad obscenamente ternuristas) que nos muestran cuán maravillosas y risueñas son las personas con síndrome de Down. Lo cierto es que, mientras se estrenan estas películas y se sufragan estas campañas, en España son masacrados casi todos los niños gestantes que padecen algún tipo de deficiencia psíquica; y que los pocos que se salvan de la escabechina lo consiguen mayormente porque los diagnósticos prenatales no aciertan a detectar su discapacidad.

Especialmente sobrecogedoras resultan las cifras de nacimientos de niños con síndrome de Down, que han llegado a ser ‘testimoniales’ y por lo general fruto de errores en el diagnóstico médico.

La desaparición progresiva de las personas con deficiencias psíquicas es una lacra social acongojante, una clara muestra del debilitamiento de nuestra humanidad. Pero este exterminio sigiloso resulta todavía más abyecto porque lo acompañamos de una bochornosa sublimación de las deficiencias psíquicas, con campañas publicitarias y mediáticas en las que los niños y jóvenes que las sufren parecen reyes del mambo en un mundo de algodón de azúcar.

Mientras hacemos postureo emotivista ante la galería con los niños deficientes, los estamos descuartizando en el sótano oscuro. Y escribo ‘deficientes’ porque considero que no lograremos combatir esta lacra mientras nos aferremos al postureo emotivista.

Es una evidencia incontestable que el maquillaje o embellecimiento de las deficiencias psíquicas con eufemismos ñoños ha discurrido paralelo al exterminio de los niños que las padecen. Las palabras sirven para confrontarnos con las realidades; y cuando las palabras se retuercen para mitigar la realidad, resulta mucho más sencillo escamotear la realidad y tirarla al cubo de la basura. Y lo que decimos del lenguaje sirve también para otras formas de edulcoramiento. Puede sonar sarcástico, pero lo cierto es que los niños deficientes están siendo tachados del libro de la vida entre almibarados homenajes y seráficas jergas políticamente correctas, para desahogo sentimental de quienes los estamos masacrando.

Para combatir este exterminio sigiloso, en lugar de barnizar la deficiencia mental con eufemismos merengosos, deberíamos empezar por afrontar la cruda realidad. Así tal vez lograríamos despertar el dormido heroísmo que es preciso para recibir amorosamente a estos niños que ahora tachamos tan campantes del libro de la vida, mientras lagrimeamos en el cine.

Es mentira que estos niños sean «como nosotros»; es bazofia sentimental afirmar que son «tan capaces» como el resto. Alumbrar y cuidar a un niño deficiente puede procurar infinitas recompensas y remuneraciones espirituales; pero para alcanzarlas antes hay que acatar los sacrificios más abnegados y las más dolorosas renuncias; hay, en fin, que aceptar una forma de vida entregada que nuestra época detesta. Para alumbrar y cuidar a un niño deficiente hay que tener el cuajo de abjurar de la libertad que nuestra época celebra, que es la libertad entendida como exaltación del deseo, y abrazarse a la libertad que nuestra época proscribe, que es la libertad entendida como responsabilidad y exigencia.

Para alumbrar y cuidar a un niño deficiente hay que atreverse a amar y a recibir amor con una intensidad desmedida que intimida a nuestra generación podrida por emotivismos fofos. Es natural que una generación así no tenga valor para tener niños deficientes; y que luego necesite anegar su hipócrita conciencia eugenésica con desahogos sentimentales.

viernes, 19 de octubre de 2018

En medio, con dolor y con amor. + Fr. Santiago Agrelo Arzobispo de Tánger

En medio, con dolor y con amor:


En medio” colocaron a la adúltera sus acusadores. “En medio” se quedó la mujer cuando los acusadores, uno a uno, se escabulleron, dejándola sola con Jesús. “En medio” pusieron a la mujer, pero a quien pretendían comprometer y acusar, a quien de verdad querían poner en medio, era a Jesús.

Hoy, letrados y fariseos han colocado “en medio” al monstruo, al clérigo sorprendido en flagrante delito de pederastia, y no lo han llevado al tribunal competente para juzgarlo conforme a justicia, sino que se lo han llevado a su madre, a la Iglesia , lo han tirado como basura a sus pies, para ponerla “en medio” a ella, para avergonzarla a ella, para comprometerla y condenarla a ella.

Letrados y fariseos, gente estéril, senos que nunca han conocido la vida ni la ternura, pretenden que una madre condene a su hijo: si no lo condena, no es justa; si lo condena, no es madre.

Letrados y fariseos, arrogantes, soberbios e hipócritas, insisten en preguntar a la madre: “Tú, ¿qué dices?” Preguntan como si ellos fuesen inocentes del crimen que fingen perseguir. Y se lo pregunta a ella, a la Iglesia que, como supo y como pudo, ha intentado siempre educar en el amor y en la virtud a sus hijos. Se lo preguntan a la madre los mismos que han destruido a su hijo: los profetas de la revolución sexual, los que instigan a los niños a masturbarse, los mercaderes de pornografía, los expertos del turismo sexual, los que consideran la prostitución un trabajo y la castidad una aberración.

Hoy la Iglesia , como ayer Jesús, encara a los acusadores con la realidad de sus propias vidas: “El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra”.

Hoy como ayer, la Iglesia como Jesús, habrá de inclinarse para cargar con el peso de sus hijos, con la culpa de sus hijos, con la muerte de sus hijos.

Cuando se incorpore, allí, “en medio”, estarán solos ella y sus hijos, con un dolor sin palabras y un amor sin medida.

+ Fr. Santiago Agrelo
Arzobispo de Tánger


viernes, 9 de marzo de 2018

Un símbolo. Juan Manuel De Prada


Hay un pasaje muy revelador en La filosofía en el tocador, del Marqués de Sade, sobre el que a menudo reflexiono: «No propongo matanzas ni deportaciones; todos esos horrores están demasiado lejos de mi alma para concebirlos ni un minuto siquiera. No, no asesinéis ni desterréis. (…) Basta con emplear la fuerza contra los símbolos; basta con ridiculizar a quienes los sirven».

Siempre me ha sobrecogido la aversión que algunos destinan al símbolo de la Cruz. Antaño tal aversión se expresaba de forma clandestina; hoy se puede expresar a la luz del día y con amparo legal. ¿Y por qué ese símbolo provoca tanta aversión? Si saliésemos a la calle a preguntarlo, mucha gente nos respondería: «¡Porque en nombre de la Cruz se han cometido muchos crímenes!». Y no negaremos que algunos, o incluso muchos, se hayan cometido. Pero también se han perpetrado muchos sacrificios humanos multitudinarios en nombre del sol; también se han bombardeado ciudades y países enteros en nombre de la paz. Sin embargo, casi nadie piensa que el sol o la paz deban ser odiados porque los criminales más sangrientos hayan matado en su nombre. Por otro lado, a nadie se le ocurriría imputar al sol o a la paz todos los crímenes que se han perpetrado bajo su resplandor o imperio; tal cosa, en cambio, se hace con frecuencia cuando se trata de imputar crímenes a la Cruz. Y, por supuesto, también se le imputan como crímenes cosas que no lo fueron, o que fueron exactamente lo contrario: como si al sol, por ejemplo, se le imputara como crimen dar luz y calor a los hombres.

En realidad, estas justificaciones nos hablan de un odio que necesita expresarse indirectamente, avergonzado –o tal vez demasiado orgulloso—de mostrar su verdadera naturaleza. Ernest Hello señalaba que jamás se había tropezado con un ateo militante que detestase por igual todas las religiones; y se sorprendía al descubrir que la mayoría de quienes se confesaban ateos militantes profesaban indiferencia, y hasta condescendiente simpatía, por los más variopintos cultos, concentrando su aversión de forma exclusiva en la religión representada por la Cruz. Esto mismo que observaba Hello hace más de cien años se puede seguir observando hoy. Confesaré que este hecho tenebroso me ha iluminado en alguna ocasión, cuando a punto estaba de desfallecer: «Si todo esto en lo que creo es una falacia –me he preguntado–, ¿por qué provoca tanto furor entre algunos? Si mis creencias son trasnochadas y pueriles, ¿por qué se empeñan tanto en desprestigiarlas?». Nunca he visto a nadie dedicar sus furores a la quiromancia o a los horóscopos, ni esforzarse por desprestigiar a la diosa Minerva; por la sencilla razón de que son cultos falaces y trasnochados y, por ello mismo, inofensivos. Sin embargo, resulta habitual tropezarse con personas que profesan un odio exclusivo y específico a la religión representada por la Cruz, a la que consideran muy ofensiva; pero a la vez sostienen incongruentemente que es una religión tan falaz como la astrología y tan trasnochada como el culto a la diosa Minerva. ¡Menudo disparate lógico!

Pero, aun entre los improbables aborrecedores de la astrología o del culto a la diosa Minerva, no encontraríamos a ninguno que se enfadase si nos colgáramos del cuello un amuleto representativo de cualquier constelación de estrellas; tampoco si colgáramos de una pared una escultura del búho minervino. Sin embargo, hay gentes que se soliviantan si ven una cruz colgada de la pared o de cualquier cuello; gentes que, incluso, han recurrido a los tribunales, para que les aparten de su vista ese símbolo. Y a veces los tribunales han ordenado hacerlo. ¿Alguien puede encontrar una explicación racional a tan misteriosos fenómenos? Yo la he buscado en vano.

Si alguien me hubiese brindado una respuesta convincente habría podido abominar de la Cruz, liberando de paso a las tres o cuatro lectoras que todavía me soportan del suplicio de leer sobre asuntos tan incómodos, para arrullarlas con frivolidades en boga y baratijas politiquillas. Pero esa respuesta convincente nunca me la brindó nadie; así que he tenido que aceptar humildemente que la furibunda hostilidad que algunos profesan a ese símbolo en el que se cruzan dos simples líneas (más corta la vertical, en abrazo hacia la tierra; más larga la horizontal, disparándose hacia el cielo) se explica porque representa una verdad universal y eterna; mientras que la complaciente hospitalidad que se brinda a cualquier otro símbolo se explica porque todos ellos representan multiformes, efímeras e intercambiables mentiras. Aunque parezca increíble, también hay hechos tenebrosos muy iluminadores.