Hay un pasaje muy revelador en La filosofía en el tocador, del Marqués de Sade, sobre el que a menudo reflexiono: «No propongo matanzas ni deportaciones; todos esos horrores están demasiado lejos de mi alma para concebirlos ni un minuto siquiera. No, no asesinéis ni desterréis. (…) Basta con emplear la fuerza contra los símbolos; basta con ridiculizar a quienes los sirven».
Siempre me ha sobrecogido la aversión que algunos destinan al símbolo de la Cruz. Antaño tal aversión se expresaba de forma clandestina; hoy se puede expresar a la luz del día y con amparo legal. ¿Y por qué ese símbolo provoca tanta aversión? Si saliésemos a la calle a preguntarlo, mucha gente nos respondería: «¡Porque en nombre de la Cruz se han cometido muchos crímenes!». Y no negaremos que algunos, o incluso muchos, se hayan cometido. Pero también se han perpetrado muchos sacrificios humanos multitudinarios en nombre del sol; también se han bombardeado ciudades y países enteros en nombre de la paz. Sin embargo, casi nadie piensa que el sol o la paz deban ser odiados porque los criminales más sangrientos hayan matado en su nombre. Por otro lado, a nadie se le ocurriría imputar al sol o a la paz todos los crímenes que se han perpetrado bajo su resplandor o imperio; tal cosa, en cambio, se hace con frecuencia cuando se trata de imputar crímenes a la Cruz. Y, por supuesto, también se le imputan como crímenes cosas que no lo fueron, o que fueron exactamente lo contrario: como si al sol, por ejemplo, se le imputara como crimen dar luz y calor a los hombres.
En realidad, estas justificaciones nos hablan de un odio que necesita expresarse indirectamente, avergonzado –o tal vez demasiado orgulloso—de mostrar su verdadera naturaleza. Ernest Hello señalaba que jamás se había tropezado con un ateo militante que detestase por igual todas las religiones; y se sorprendía al descubrir que la mayoría de quienes se confesaban ateos militantes profesaban indiferencia, y hasta condescendiente simpatía, por los más variopintos cultos, concentrando su aversión de forma exclusiva en la religión representada por la Cruz. Esto mismo que observaba Hello hace más de cien años se puede seguir observando hoy. Confesaré que este hecho tenebroso me ha iluminado en alguna ocasión, cuando a punto estaba de desfallecer: «Si todo esto en lo que creo es una falacia –me he preguntado–, ¿por qué provoca tanto furor entre algunos? Si mis creencias son trasnochadas y pueriles, ¿por qué se empeñan tanto en desprestigiarlas?». Nunca he visto a nadie dedicar sus furores a la quiromancia o a los horóscopos, ni esforzarse por desprestigiar a la diosa Minerva; por la sencilla razón de que son cultos falaces y trasnochados y, por ello mismo, inofensivos. Sin embargo, resulta habitual tropezarse con personas que profesan un odio exclusivo y específico a la religión representada por la Cruz, a la que consideran muy ofensiva; pero a la vez sostienen incongruentemente que es una religión tan falaz como la astrología y tan trasnochada como el culto a la diosa Minerva. ¡Menudo disparate lógico!
Pero, aun entre los improbables aborrecedores de la astrología o del culto a la diosa Minerva, no encontraríamos a ninguno que se enfadase si nos colgáramos del cuello un amuleto representativo de cualquier constelación de estrellas; tampoco si colgáramos de una pared una escultura del búho minervino. Sin embargo, hay gentes que se soliviantan si ven una cruz colgada de la pared o de cualquier cuello; gentes que, incluso, han recurrido a los tribunales, para que les aparten de su vista ese símbolo. Y a veces los tribunales han ordenado hacerlo. ¿Alguien puede encontrar una explicación racional a tan misteriosos fenómenos? Yo la he buscado en vano.
Si alguien me hubiese brindado una respuesta convincente habría podido abominar de la Cruz, liberando de paso a las tres o cuatro lectoras que todavía me soportan del suplicio de leer sobre asuntos tan incómodos, para arrullarlas con frivolidades en boga y baratijas politiquillas. Pero esa respuesta convincente nunca me la brindó nadie; así que he tenido que aceptar humildemente que la furibunda hostilidad que algunos profesan a ese símbolo en el que se cruzan dos simples líneas (más corta la vertical, en abrazo hacia la tierra; más larga la horizontal, disparándose hacia el cielo) se explica porque representa una verdad universal y eterna; mientras que la complaciente hospitalidad que se brinda a cualquier otro símbolo se explica porque todos ellos representan multiformes, efímeras e intercambiables mentiras. Aunque parezca increíble, también hay hechos tenebrosos muy iluminadores.
Después de pasar de destacado abortista a líder pro vida, Bernard Nathanson se dedicó a crear conciencia para detener la eliminación de los más desvalidos de la especie
Al saludar a Bernard Nathanson, uno tenía la sensación de estrechar, al mismo tiempo, la mano del doctor Jekyll y de mister Hyde. El bien y el mal bajo una misma identidad. Lo conocí junto a otros periodistas en una disertación improvisada que dio a comienzos de los años ochenta en el Bellevue Hospital Center, de Nueva York, cuando ya había avanzado, y mucho, en un asombroso giro copernicano pocas veces visto en la historia de la medicina contemporánea.
La especialidad de Nathanson era la ginecología y, como admitió en la charla, llegó a practicar más de 75.000 abortos en diferentes clínicas, domicilios particulares y centros hospitalarios de los Estados Unidos. En 1968, había fundado, además, la mayor organización creada para rechazar las leyes que prohíben o limitan la práctica del aborto y para hacer lobby en los medios y en la opinión pública. El momento de su conversión,para llamarlo de algún modo, ocurrió, según él, cuando las nuevas tecnologías de ultrasonido y de filmación permitieron documentar, paso a paso y en detalle, lo que describió como "el asesinato del feto mientras lucha por su vida, de niños no nacidos que son seres humanos y que tienen tanto derecho como un adulto a la protección legal desde su concepción".
Dos de sus documentales sobre las distintas técnicas abortivas, El eclipse de la razón yEl grito silencioso, de gran impacto en su momento en la sociedad norteamericana, sobre todo en el ámbito de la medicina y en el de la educación en todos sus niveles, ayudaron a delinear su nuevo perfil como figura pública. Uno de los testimonios devastadores que incluyó en sus películas es el de un bebe que trata de evitar en el útero ser alcanzado por los instrumentos del médico abortista. Nathanson era, obviamente, el activista pro vida menos pensado, pero ese fue uno de los motivos por los que llenaba auditorios en cada una de las presentaciones. Para reafirmar su nueva fe y conmover la conciencia de sus compatriotas, se entrevistó con cientos de senadores, diputados, gobernadores, ex presidentes y cuanto líder de opinión encontró a su paso.
Su estrategia argumental fue, desde entonces, la del arrepentido que llega a la verdad mediante la confesión de lo que ha hecho. "He abortado a los hijos no nacidos de amigos, colegas y familiares, he abortado a mi propio hijo -explicó ante un comité del Senado-, y les digo que interrumpir la gestación sólo puede verse como la eliminación de un miembro de nuestra especie. Si ustedes lo entienden de otra manera, serán sólo un producto más de la ideología política."
Nathanson se convirtió al catolicismo en 1996 y recibió, en una ceremonia que tuvo gran cobertura mediática, la confirmación de manos del cardenal John O'Connor, en la cripta de la catedral de San Patricio, en Nueva York. Fue una ceremonia de un profundo simbolismo en medio de los homenajes que recibió antes de morir, hace un año.
Ocuparse de Nathanson y del cambio radical que asumió en defensa de los más desvalidos de la especie es poner la lupa en un fenómeno incipiente, de alcance global, aunque imperceptible aun para la opinión pública. Los dos países más poblados del mundo, China y la India, son los que más están avanzando en la imperfecta y polémica estrategia de salvar vidas alentando el sistema de adopción de los recién nacidos. A simple vista, parece una gota de agua en el océano. Pero la pregunta correcta, en todo caso, es cuánto vale una vida en un país como China, en donde sólo en 2012 fueron abandonados 570.000 recién nacidos. Shijiazhuang, distante doscientos kilómetros de Pekín, fue la primera de las veinte ciudades en instalar la baby box en las calles, una suerte de incubadora que mantiene al bebe a una temperatura de 32,5 grados. Cada una de ellas está equipada con un botón que activa una alarma que suena diez minutos después para asegurar que la entrega sea anónima. Hay un dato en esta iniciativa que nos obliga a repensar la evolución de la especie: las baby boxes no son otra cosa que la réplica mejorada de las cajas que cumplían la misma función en la Europa del medioevo.
En la India, donde una soltera embarazada es mayoritariamente considerada todavía una ofensa para la familia, el Ministerio de la Mujer sigue instalando cunas en las calles de las grandes ciudades como tabla de salvación. Es la desesperada alternativa para los hijos no deseados y el aborto. Según recientes datos de Unicef, dos millones de niñas mueren por año en la India debido al maltrato, el abandono y el crimen. La lista de países que han recurrido a sus propias versiones de las baby boxes incluye a Polonia, Alemania, Austria, Hungría, Paquistán, Malasia, Japón y la República Checa. En el caso de los países europeos, se tomó la decisión de que en cada incubadora, junto con las mantas, haya una carta con información por si la madre o la familia se arrepienten.
Confesiones de un ex abortista es, quizás, el texto más comentado que dejó Nathanson como parte de su legado. En la introducción se retrata a sí mismo como el doctor Jekyll que fue, el hombre que al frente de una sólida organización contribuyó a falsear encuestas, a desacreditar a los grupos religiosos y a manipular a la opinión pública con mensajes efectistas que apuntaban a la emoción, no a la razón. "Una táctica fundamental que conocí en esa época -escribió- fue jugar la carta del anticatolicismo. Calificar sus ideas sociales de retrógradas y atribuirle a su jerarquía el papel del gran malvado entre los opositores al aborto permisivo."
Otra de las tácticas consistía en denigrar o ignorar cualquier evidencia científica de que la vida comienza con la concepción. "Un típico argumento pro aborto -afirma- es alegar la imposibilidad de definir cuándo comienza el principio de la vida, un modo de insinuar que se trata de un problema teológico o filosófico, no científico."
La objeción más dura del documento, sin embargo, tiene que ver con la ética médica. ¿Qué sentido tiene que un ginecólogo, que sabe que la vida comienza en la concepción, arriesgue su prestigio y rompa su juramento haciendo un aborto? La respuesta de Nathanson es contundente: dinero. Explica que, en los Estados Unidos, "la industria del aborto" (son sus palabras) mueve cientos de millones de dólares al año y la mayor parte va a los bolsillos de quienes lo practican.
Después de pasar de destacado abortista a abogado pro vida, logró encontrar las palabras adecuadas para explicar por qué había habitado en los extremos. Las tomo prestadas de la Madre Teresa de Calcuta, al presentar sus reflexiones. "La amenaza más grande que sufre la paz hoy en día es el aborto, porque el aborto es hacer la guerra al niño, al inocente que muere a manos de su propia madre. Si aceptamos que una madre pueda matar a su propio hijo, cómo podremos decirles a otros que no se maten."
Al igual que los filósofos, Nathanson creía que una pregunta bien formulada puede ser más efectiva que una respuesta, sobre todo cuando se habla a grandes audiencias. Por eso evitó señalar con el dedo o establecer categorías de responsabilidades en una cuestión tan compleja, delicada y controversial como el aborto. Es el comportamiento de las sociedades del tercer milenio lo que pretende indagar, la extendida tolerancia hacia una práctica que "con egoísmo brutal impulsa el retroceso de la especie privando de sus derechos a quien no puede defenderse".
Su experiencia en el tema, que no es breve, le enseñó que la mujer embarazada también puede convertirse en víctima. Ocurre en circunstancias siempre angustiantes, casi nunca elegidas, cuando no considera o rechaza las opciones que le impedirán enfrentarse a la más trágica de las alternativas, ser juez y madre, elegir entre ella o su hijo no nacido.
© LA NACION
Por: Héctor D'Amico
"El comunismo ha sido para dos generaciones de católicos españoles, como la mía, una teología de sustitución": con estas palabras arranca una obra que penetra a fondo en la subversión profunda, intelectual y moral antes incluso que política, que implican la teoría y la praxis de la ideología más sanguinaria de la Historia.Memoria del comunismo (La Esfera de los Libros), de Federico Jiménez Losantos, está escrito desde la perspectiva de alguien que confiesa haber dejado de creer en Dios a los dieciséis años, pero con perspicacia para entender lo que está en juego: la "voluntad de creer" que sustituye a la fe perdida se transforma en pura "voluntad de poder", ante el cual la Verdad se sacrifica a la Mentira y el Bien al Mal. Por eso "el comunismo, inequívocamente definido por Lenin como una empresa malvada que traerá alguna vez el Bien al mundo, es una religión satánica" en cuanto que en su raíz está "el culto inconfesado a la fuerza, y a la mentira como secreta manifestación interior de esa fuerza exterior que no se confiesa, pero se disfruta".La clave bajo la cual Losantos ha escrito su obra más perdurable y a la que ha consagrado años de trabajo, es precisamente el pasmo ante el hecho de que la izquierda occidental siempre tuvo conciencia de los crímenes comunistas que fingían ignorar y silenciaban: "Secretamente compartían la ferocidad de sus verdugos" y "por eso mintieron casi todos y casi hasta el final". La perspectiva de la víctima se convierte así en el quicio sobre el cual el filólogo y periodista aragonés, uno de los analistas de referencia en la radiodifusión española, escribe este monumental y personal ensayo: la necesidad del Partido de exterminar físicamente, o destruir y denigrar moralmente, a cualquier adversario que pensase o actuase fuera de sus directrices.Aniquilación del enemigoLosantos apunta a Willi Münzenberg (1889-1940), ideólogo de la maquinaria de propaganda leninista en los años veinte, como responsable de este "Imperio de la Mentira sobre el comunismo, que se mantiene intacto, perpetuamente renovado", pero al que estas páginas asestan un golpe incontestable, sobre todo en los nombres de la intelligentsia europea y norteamericana que se prestaron al juego.Recuerda Federico, por ejemplo, siguiendo a Pío Moa, el linchamiento mediático que sufrió Alexander Soljenitsin (1918-2008) cuando visitó España en 1976 por explicarle a la audiencia de José María Íñigo lo que era la Unión Soviética: "Enclenque", "chorizo", "mendigo desvergonzado", "famélico", "espantajo", "bandido", "hipócrita", "multimillonario", "siervo", "mercenario", "delirante" fueron algunos de los calificativos que le dedicaron personalidades supuestamente respetables del firmamento político y mediático de la época... Aquel hombre, de pensamiento profundamente cristiano, Premio Nobel de Literatura en 1970, había sido castigado con once años de trabajos forzados, pero eso no le hacía digno de piedad alguna. Si no le perdonaban haber descrito en Archipiélago Gulag el sistema de represión comunista, aún menos que lo pusiese como espejo ante la tan distinta realidad de la España de Francisco Franco (1892-1975).Holocausto católicoEn los dos grandes bloques (Rusia y España) que conforman esta detallada y profunda Memoria del comunismo, Losantos muestra el odio anticristiano como algo inherente a esa ideología. La incautación de los bienes de la Iglesia Ortodoxa Rusa fue un objetivo de Lenin desde el primer momento, y su persecución religiosa (especialmente cruel en el verano de 1919 durante la guerra contra los rusos blancos), fue el "precedente, por su magnitud y organización sistemáticas, de la persecución religiosa en España durante la Segunda República y la Guerra Civil", que fue "la peor de la historia del cristianismo desde Diocleciano". Valora en particular el trabajo del sacerdote e historiador Ángel David Martín Rubio, cuyas investigaciones mostraron que "los católicos dejaban de pedir perdón a la izquierda por haberlos asesinado, como venía haciendo la Iglesia desde el Vaticano II y Tarancón".No duda en hablar de "holocausto católico": "Yo no soy creyente, pero tampoco soy judío y pocas cosas me han conmovido tanto como el montón de zapatitos de niños asesinados en el gueto de Varsovia". Al describir ese holocausto católico, Losantos, que páginas antes ha señalado que "los masones Azaña y Martínez Barrio, Vidart y Companys" participaron "en la creación o aceptación del terror rojo" y que "el carácter anticatólico de la masonería es indiscutible y fue condenada como doctrina gnóstica en encíclica papal", destaca un hecho: ese terror rojo comenzó antes de la llegada de los soviéticos en apoyo del Frente Popular al estallar la guerra. Fue autóctono. Pero entonces, "¿qué unía a la izquierda burguesa y a la proletaria para perpetrarlo en común?". "A mi juicio", responde, "lo que une a organizaciones totalmente dispares en sus programas políticas es el odio asesino contra los católicos y el catolicismo, algo que usado hoy para exculpar al islam, debemos llamar cristianofobia".¿Por qué esa "matanza de católicos, inspirada por la prensa y defendida por los líderes más izquierdistas del Frente Popular, acabó siendo aceptada u ocultada, esto es, compartida, también por los supuestos moderados"? "¿Por qué tantos españoles de izquierdas -no todos, claro- se empeñaron en matar a los españoles católicos, que no habían hecho ni pretendido hacer lo mismo con ellos?", continúa preguntándose Losantos: "Hasta 1934, porque, ocupando el lugar de Dios, querían disponer de la vida y hacienda ajenas. Desde 1936, porque querían y porque podían".Una ideología que sigue viva y sigue aspirando al poderEn ese "podían" está la clave de todo el análisis histórico planteado en Memoria del comunismo, que lógicamente no se circunscribe a la cuestión religiosa. Además de una ideología letal, el comunismo, convertido por Lenin en una maquinaria política sin escrúpulos, es una inquebrantable voluntad de poder. Y lo malo es que no está muerto, señala Losantos al inicio del capítulo que consagra a Podemos como su realidad viva en España: "Si el mayor éxito del Diablo (o del Mal) es convencer a la gente de que no existe, la supervivencia del comunismo, pese a ser el peor monstruo político de todos los tiempos, con más de cien millones de víctimas, se basa en el acta de defunción y el consiguiente indulto moral que como cadáver exquisito, infinitamente investigable, le han extendido tantos historiadores".Esa ideología "anega las redacciones de los medios, las cátedras universitarias y los libros sobre la Guerra Civil". Para quien prefiera la verdad, queda expuesta en estas páginas: argumentada su vocación criminal y expuestos los crímenes que la evidencian.
14 de febrero de 2018
Nuestro amigo Mario Vargas Llosa viene escribiendo a favor de la legalización generalizada de las drogas, afirmando que es el único modo efectivo de superar la criminal clandestinidad creada en torno a su producción y distribución. Se apoya en la prédica cuestionadora de la política de las Naciones Unidas llevada adelante por la Comisión Global de Política de Drogas, que -entre otros-han integrado también prestigiosos amigos como los presidentes Fernando Henrique Cardoso, de Brasil, y César Gaviria, de Colombia.
En lo personal veo tan simplista pensar que vamos a superar el flagelo a fuerza de persecución como lo contrario. El tema es demasiado complejo para que acepte soluciones sencillas. Como un aporte a ese debate, valga la experiencia uruguaya en curso. Ante todo, digamos que nunca hubo una visión condenatoria del consumidor, a tal punto que legalmente se despenalizaron el consumo y la tenencia de marihuana para uso personal en 1974. Desde entonces, en el mundo comenzó a abrirse camino una tendencia hacia una legalización y en Uruguay, en 2014, se lanzó lo que el presidente Mujica, autor de la iniciativa, llamó un "experimento". Se reguló la circulación de marihuana, habilitando el autocultivo, los clubes canábicos y la venta a mayores de 18 años en farmacias (40 gramos por un mes) de un producto ofrecido por el Estado, comprado a proveedores elegidos por licitación. Todos los consumidores, aun los que compran en farmacias, deben registrarse en un instituto oficial, el Instituto de Regulación y Control del Cannabis (Ircca), que maneja administrativamente todo este complejo andamiaje.
Desgraciadamente, todo se manejó improvisadamente. La idea se lanzó en 2011, la ley se aprobó a fines de 2014 y recién el año pasado comenzó a funcionar muy trabajosamente. Se vende en sólo 12 farmacias de las 1110 que hay en el país, dada la resistencia de esos comercios que se sienten pulcros emblemas de salud, incompatibles con el mundo de la droga.
El presidente de la república, Tabaré Vázquez, oncólogo y líder de una exitosa campaña contra el tabaco en su primera presidencia, no es partidario de la ley. La cumple, pero aclara que toda droga es nociva, que como médico nunca la usó y que el Uruguay no entrará de modo alguno en la marihuana turística. Un nuevo inconveniente apareció: los bancos, en función de las normas internacionales que impiden trabajar con quienes venden drogas, anuncian el cierre de las cuentas de las farmacias que integran el programa.
En los hechos, hay registrados oficialmente 7536 autocultivadores, 69 clubes (de entre 15 y 46 integrantes) y 15.627 habilitados para comprar en farmacias. Las autoridades del Ircca consideran que es todo un éxito la regulación, a tal punto que en las pocas farmacias habilitadas se forman colas de los consumidores registrados, quienes superan el estigma de la clandestinidad. Estiman también que el propósito fundamental de la regulación, que es reducir el negocio del narcotráfico, se está cumpliendo.
Los críticos de la ley, por su parte, señalan que el consumo de marihuana ha aumentado verticalmente (600%, según datos oficiales), que también ha ocurrido con la cocaína y que el mercado de consumidores ha aumentado por la banalización del consumo. Añaden que la clandestinidad se mantiene para los menores, que son el público en mayor riesgo; que la variedad de drogas actuales (la mayoría sintéticas) encuentran su puerta de entrada en la marihuana y que no hay conciencia de los daños en la salud. Mientras tanto, se aprecia un aumento de la criminalidad vinculada al comercio de drogas, con la aparición de bandas enfrentadas.
A esta altura lo sensato es esperar a que en cuatro o cinco años se puedan evaluar resultados que hoy no son concluyentes. Lo que sí advierto como peligrosísimo es el jolgorio de opinión pública que se ha creado en torno al tema. La novelería, la moda, la fascinación transgresora, hacen cool la marihuana y la juventud no tiene la menor idea de lo que, por unanimidad, concluyen los estudios médicos serios en el mundo entero: que hay efectos incuestionables sobre la atención, la memoria, las depresiones, la esquizofrenia, la capacidad cognitiva y aun el cáncer en quienes son fumadores. La "maruja" ha pasado a ser algo así como una mezcla de Dom Perignon con penicilina. Son comprobadas, por cierto, sus posibilidades médicas, tal cual ocurre con el opio, la corteza de sauce y tantos otros vegetales, pero que son procesados en laboratorios, estudiados sus resultados y autorizados por las autoridades sanitarias.
Mientras tanto, crecientemente, los liceos registran alumnos que abandonan las aulas y las clínicas psiquiátricas se llenan de muchachos que tempranamente han adquirido el hábito.
Expresidente del Uruguay
Por: Julio María Sanguinetti
http://www.lanacion.com.ar/2108929-la-fascinacion-transgresora
Juan Manuel de Prada
11 febrero 2018
Leo que en un pueblecito de la sierra de Cazorla, fuente del Guadalquivir, se está investigando la posible agresión sexual de una pandilla de niños apenas púberes a otro plenamente impúber. Ignoro si la investigación confirmará hechos tan tenebrosos y desconsoladores; que, como a nadie se le escapa, son cada vez menos infrecuentes.
El juez Emilio Calatayud acaba de recordarnos que hoy existen muchos niños que ven pornografía, a través de sus teléfonos móviles. Y aquí siempre sale alguien pidiendo a los padres que utilicen los «filtros parentales» para que sus hijos no puedan acceder a esta bazofia; petición del todo grotesca, pues nuestros hijos saben burlar todos esos filtros sin despeinarse (y sin que sus padres nos enteremos). Nada más propio de las sociedades cínicas que encomendar a los filtros tecnológicos la labor que corresponde a los filtros morales, a la vez que declaran abolidos estos. Conductas tan tenebrosas como la que se investiga en ese pueblecito de la sierra de Cazorla serían por completo inverosímiles si no se hubiese instaurado un ambiente que incita a «vivir en plenitud» una «libertad sexual» que, por supuesto, incluye todas las variantes combinatorias y la exploración de todos los orificios. Conductas así serían inexplicables si la infancia no hubiese sido corrompida por un hormiguero de escabrosidades que aniquilan su inocencia. Conductas así serían incomprensibles si, en efecto, nuestros hijos no estuviesen rodeados por una infestación pornográfica como no ha conocido ninguna otra época. Y disponible, además, a golpe de click o caricia de pantalla táctil.
Pero, en una típica inversión de las categorías morales, nuestra época considera –como dijo un prócer europeísta– que «el libre acceso a la pornografía se cuenta entre los grandes logros y beneficios de nuestra pertenencia a la Unión Europea». Cuando lo cierto es que el consumo de pornografía está destruyendo nuestras sociedades, minando la afectividad de nuestros contemporáneos, incapacitándonos para la entrega amorosa y la sexualidad sana, convirtiéndonos en patéticos despojos. Pero sobre esta realidad oprobiosa nuestra época calla, incapaz de enfrentarse al espejo que le muestra su pudrición y le explica la causa última de los males que luego presume de combatir (como la violencia contra las mujeres, por ejemplo). La sexualidad, cuanto más se alimenta con pornografía, más se pervierte y desembrida; y una sexualidad pervertida y desembridada altera nuestra conducta, aniquila nuestros afectos, adultera nuestras pasiones, infecta nuestros sueños con las fantasías más pútridas y purulentas. Pero de esta infestación pornográfica que hemos liberado, que destruye matrimonios y disuelve familias, que condena a la soledad y a la angustia a muchos millones de personas (no sólo quienes padecen la adicción, sino también quienes les rodean), que pervierte la inocencia de nuestros hijos, nadie habla; y, si a alguien se le ocurre hablar, lo crucifican. Es un tema tabú, tal vez porque no soportarnos mirarnos en el espejo.
Y, por supuesto, toda educación que trate de preservar la inocencia de nuestros hijos, que les enseñe a mirar su propio cuerpo y el del prójimo como un templo del espíritu, que trate de dignificar su sexualidad balbuciente mediante el cultivo de las virtudes, será inmediatamente tachada de retrógrada y escarnecida como reliquia de épocas oscurantistas. Pero la época auténticamente oscurantista, la época invadida por las tinieblas, es la nuestra: una época en la que los niños, en lugar de jugar a indios y vaqueros, o a superhéroes galácticos, juegan a explorarse los orificios. Una época que merece que le aten una piedra de molino al cuello y la arrojen al mar.